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CRÓNICAS MARXIANAS DE UNA MUERTE ANUNCIADA

 

 Rumors of my demise

have been greatly exaggerated

Mark Twain

 

Una letanía: el adiós al marxismo

 

Tal vez el persistir en una convicción deba ser considerado un rasgo de carácter. De ser este el caso, nobleza obliga, debemos reconocer tal cualidad en los detractores de Marx —y, por extensión, del marxismo. Consecuentes, los opositores del pensador de Tréveris han anunciado con vehemencia y confirmado hasta el agotamiento su muerte y, junto con él, la defunción de todo su legado doctrinario. No debe restárseles mérito alguno en esto que a todas luces se presenta como una empresa titánica: brindar el último y sentido responso a un autor que continúa asistiendo el trabajo de estudiantes e investigadores, que pinta consignas por un mundo más justo en las banderas y los carteles de militantes y activistas, que aparece como interlocutor en las polémicas discursivas así como también en las miserias cotidianas de los hombres y mujeres concretos, no puede haber resultado una tarea sencilla. Hasta aquí, nuestro reconocimiento para con ellos, los adversarios.

Sin embargo, también existe otra posibilidad. Tal vez quienes adoptan la opción anterior sólo estén incurriendo en el error de hacer del vicio una virtud. Expresémoslo mejor del siguiente modo: la perseverancia sería sólo un eufemismo para ocultar una profunda tozudez; la tarea ciclópea daría cuenta de una energía desmedida malgastada en un trabajo absolutamente inútil; y, finalmente, la perdurabilidad en el tiempo encubriría disputas no saldadas y una enconada y enceguecida resistencia propia de quienes prefieren morir en la obstinación antes que aceptar algún viso de razón y veracidad en los argumentos del opositor. Marx podría suscribir las palabras atribuidas a Mark Twain y sostener que los rumores sobre su muerte han sido exagerados. Ahora bien, tal exageración no ha sido ingenua ni ociosa. Todo lo contrario, quien se pregunte cómo han logrado los escritores del obituario del marxismo persistir en su diagnóstico sin llegar a dudar de su propia cordura ante cada nuevo gesto de elocuencia del presunto difunto, encontrarán la respuesta en la crisis del propio capitalismo.

Cierto es que no hace demasiado tiempo atrás, tras la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de las dos Alemanias, la implosión de la Unión Soviética (URSS), el final del Pacto de Varsovia y el conflicto bélico que balcanizara la antigua Yugoslavia, todo parecía indicar que el pensamiento nacido de la lúcida mente de Marx había quedado finalmente desacreditado. La contraofensiva del neoconservadurismo norteamericano y la ortodoxia neoliberal fue, ciertamente, brutal. En las retinas de la humanidad, se multiplicaron los brindis, los abrazos y los golpes contra el monstruoso muro emblemático del estalinismo. Era de esperar que, conforme decreciera la euforia inicial, Marx y su legado pasaran a formar parte del baúl de los recuerdos. Inusitadamente, ocurrió precisamente lo opuesto. Marx y su legado estaban definitivamente muertos y enterrados, y sin embargo ambos continuaban siendo el principal y preferido blanco de ataque. ¿Por qué resultaba necesario seguir horadando la piedra de su lápida? Porque el desasosiego, lejos de mermar, se incrementaba. El sistema social que había resultado victorioso quedaba expuesto, ante la ausencia de quien fuera su principal oponente, en toda su obscena impudicia y miseria.

Al igual que en los escenarios de pugilismo, aquí también se necesitaban al menos dos contendientes que midieran sus fuerzas: de un lado, la crisis del marxismo; en el sector opuesto, la crisis de la economía de mercado[1]. Entre ellos, la distancia entre teoría y práctica era utilizada en sentidos diametralmente opuestos. Mientras el arsenal teórico del marxismo supuestamente se agotó en lo real (¡lo que abre la pregunta respecto de si el socialismo real era realmente socialismo!), y en este sentido el colapso de los socialismos existentes fue identificado vis-à-vis con la obsolescencia del materialismo histórico, el capitalismo justifica sus insuficiencias concretas apostando al horizonte de perfectibilidad al que apelan sus postulados teóricos aún no realizados. Siguiendo este criterio, el derrumbe del muro de Berlín trajo consigo el comienzo del fin del marxismo. Sin embargo, el desplome de las Torres Gemelas neoyorquinas (11-S) no sacudió un ápice las teorías del establishment: sólo mostró el abismo que puede significar que una parte del planeta aún no emule los principios e intereses del bastión de la libre empresa y la democracia liberal occidental.

El capitalismo no puede darse el lujo de dar por saldada la disputa con el marxismo. Siempre es preferible ocuparse de la inminente derrota del oponente que dar cuenta de la propia podredumbre interna. No se trata de proclamar el inminente colapso del capitalismo, pero sí de comprender que los tiempos por venir son aciagos. Independientemente de si uno acepta o rechaza las ideas de Marx —y si se quiere las lecturas que él ha inspirado— un conocimiento riguroso de sus teorías es condición necesaria, aunque no suficiente, para quien desee comprender los acontecimientos fundamentales desde el siglo XIX a nuestros días. Las crónicas marxianas compiladas en esta publicación ofrecerán al lector sobradas razones para encarar con renovado brío la consecución de uno de los proyectos marxistas por antonomasia: la crítica del capitalismo (Meiksins Wood, 2000: 5).

Desde la primera de las propuestas, este espíritu crítico se irá nutriendo de diversas perspectivas y miradas. En su clase inaugural titulada “Por el necesario (y demorado) retorno al marxismo”, Atilio A. Boron, profesor titular del curso “La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas”, nos propone reflexionar sobre las razones del regreso al pensamiento de Karl Marx. Un regreso que efectivamente supone un alejamiento, sino de todos, al menos de algunos intelectuales reconocidos, respecto de las tesis y líneas argumentales clásicas de esta tradición de pensamiento crítico. ¿Por qué el abandono del marxismo? ¿A qué marxismo se regresa luego de años de ausencia? Las respuestas provisorias que ofrece el autor van abriendo distintas puertas de un debate que promete ser controvertido y álgido, nunca tedioso y mucho menos monótono. Su convicción es asertiva e inconmovible: tiene sentido, hoy más que nunca, remitirse a un pensamiento como el marxista en busca de respuestas para el siglo XXI. Seguidamente, en “Mapeando el marxismo”, Javier Amadeo, investigador de la Universidad de São Paulo (USP, Brasil) y co-coordinador tutorial de este curso, ofrece el racconto de una trayectoria cuyos hitos y personalidades trascendieron las fronteras europeas primigenias con la rapidez y la vivacidad con que se aviva la llama cuando recibe una buena bocanada de oxígeno. En sus páginas, confluyen nombres de hombres y mujeres que fueron hechos por y a su vez contribuyeron a hacer la historia. Todos ellos partícipes de un marxismo que supo de tiempos de victorias y derrotas, un pensamiento vivo y tenazmente refractario a ser clasificado monolíticamente, una corriente a la que no le serán ajenas tampoco las mortales inquinas.

 

Sobre la teoría y su relación con la praxis

 

Sustraerse a la idealización del saber científico como conocimiento técnico, experto y exclusivo de un grupo de sabios ha sido desde los orígenes del pensamiento filosófico una empresa extremadamente compleja[2]. En este sentido, suele invocarse la palabra ciencia toda vez que se quiere ser persuasivo en la defensa de una argumentación y, especialmente, no dar lugar a objeciones. Decir de un conocimiento que es científico es dar por sentado su carácter objetivo y verdadero principalmente porque respeta dos dimensiones clave en su proceso productivo: la distancia entre el sujeto y el objeto de estudio —central particularmente para los debates en torno de la neutralidad valorativa[3]—, y la producción de conocimiento empírico objetivo falseable y ahistórico. No es este el lugar para discutir el papel decisivo que desempeña la ciencia en el ciclo productivo (y reproductivo) del accionar humano individual y/o colectivo, y su legitimación en las sociedades contemporáneas (Klimosvsky, 1995). En cambio, es este el espacio para reunir una serie de argumentos epistémico-metodológicos marxistas que buscan cuestionar específicamente el cientificismo positivista. La interpretación que media todo acercamiento a la realidad, la naturalización de las construcciones hechas por la razón humana y, finalmente, la fragmentación y colonización del saber científico recibirán su debida atención en los artículos que se presentan en la primera parte de esta obra.

En correlato con lo anterior, Eduardo Grüner, profesor de la Universidad de Buenos Aires, nos propone, en “Lecturas culpables. Marx(ismos) y la praxis del conocimiento”, trabajar la problemática de la interpretación en el marco de una teoría del conocimiento. “No hay lectura inocente” —afirma Grüner— ya que “toda forma de conocimiento de lo real está indefectiblemente situada”. La separación epistemológica entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido se muestra como construcción socio-históricamente situada y, en este sentido, producto de una concepción del conocimiento cuya división del trabajo intelectual está fundada en la dominación sobre la naturaleza y las clases subalternas. Los hallazgos del psicoanálisis, la lingüística y la hermenéutica del siglo XX parecían pincelar un panorama desolador irreversiblemente arrasado por el triunfo del relativismo, el particularismo y el subjetivismo radicalizado. Si el posicionamiento de clase, la perspectiva político-ideológica, los intereses materiales y los condicionamientos culturales del sujeto que estudia condicionan todo conocimiento, ¿significa esto que no puede haber conocimiento científico objetivo con pretensión universalista? Grüner rescata la celebre Tesis XI sobre Feuerbach de las garras del anti-intelectualismo y el voluntarismo estrecho para inscribir al intelectual crítico en su labor deconstructiva. Reconocer que toda lectura sobre la realidad esta situada no es lo mismo que afirmar que toda lectura es igualmente válida y posible.

En el siguiente artículo titulado “La historia en el pensamiento de Marx”, Marilena Chaui, catedrática de la Universidad de São Paulo, parte del concepto de modo de producción para desarrollar la distinción entre formas precapitalistas y capitalistas según las relaciones diferenciales entre naturaleza e historia que subyacen en cada caso. La forma capitalista es la única en la que no queda residuo alguno de lo natural, explica Chaui, y en consecuencia la ideología propia de este modo de producción detenta una potencia singular e inédita en tanto su función es nada menos que naturalizar aquello que es histórico. ¿Y por qué es necesario garantizar que los sujetos se representen algo histórico como natural? La respuesta es sencilla. Porque un modo de producción en el que todo es histórico entrega a la razón humana y a los acontecimientos y factores circunstanciales un poder sin precedentes, al límite de depositar en sus manos la posibilidad de cambiar la particular forma de historicidad vigente. Razón esta última más que contundente para asegurar a la humanidad en su conjunto que el capitalismo es la meta de llegada y no el punto de partida. Ironías de la historia, el fin de la historia[4] es insostenible sin un regreso a la prehistoria del capital, naturalizando el camino elaborado por la razón hasta este preciso tramo de la historia en el que el capitalismo es no sólo correcto y necesario, sino principalmente racional e inmutable.

El próximo escrito ya desde su título convoca a la polémica. “Teoría política marxista o teoría marxista de la política” es la disyuntiva de la que parte Atilio A. Boron para examinar la aparente negación y el poco sofisticado desarrollo que los análisis políticos parecen haber concitado en Marx. El Marx economista o el sociólogo, incluso el historiador, no suelen ser objetados. Sin embargo —y esto probablemente fundado en la “leyenda de los dos Marx” popularizada a partir de la tesis althusseriana—, cuando del Marx filosófico-político se trata, las voces no suelen ser alentadoras. Boron recupera las pioneras investigaciones filosófico-políticas de Marx para orientar el eje de la disputa hacia la reificación y fragmentación del saber. Si existe una empresa quimérica en este derrotero, es aquella que se propone encontrar una teoría política marxista. Boron explica esta ausencia a partir de la coherencia derivada de la misma aplicación de las premisas epistemológicas fundantes del materialismo histórico. En el marxismo encontraremos una “teoría marxista” que reflexiona sobre la totalidad de los aspectos que constituyen la vida social, superando la compartimentalización —“política”, “economía”, “sociología”— característica de la cosmovisión burguesa.

¿Debe la ciencia olvidar a sus padres fundadores o, por el contrario, debe rendirles culto eterno y acrítico? En “Marx y los marxismos. Una reflexión para el siglo XXI”, Francisco Fernández Buey, profesor de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, responde negativamente a ambas opciones. Fernández Buey considera que Marx es un autor cuya obra ha envejecido con altura y dignidad, cualidad que lo hace un clásico con todas la letras y no pocos honores. En este sentido, defender la centralidad de este clásico implica considerar la relación inextricable entre los intereses teóricos de nuestros coetáneos y las investigaciones tendientes a recuperar el significado de los textos históricos (Alexander, 1990: 66). La propuesta de Fernández Buey requiere en primerísimo lugar una lectura de Marx despojada de los ismos. Podemos anticipar brevemente la intención que impulsa a esta propuesta. Se trata de ir reconstruyendo al Marx que fue capaz de dudar de todo, que no concibió en modo alguno un comunismo nivelador de talentos y pobre en necesidades, que despreció todo dogmatismo al punto de afirmarse como “no marxista”, que nunca abandonó como principio la valoración de las luchas entre las clases sociales. Indudablemente, concluye Fernández Buey, para quienes siguen padeciendo —los esclavos, los proletarios, los humillados— “Marx sigue tan vigente como Shakespeare para los amantes de la literatura”.

 

[1] Para una crítica sobre la concepción hipostasiada del mercado recomendamos la obra clásica de Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico (1992). En este libro, el reconocido antropólogo identifica las cuatro instituciones sobre las cuales reposaba el capitalismo decimonónico: el balance de poder; el patrón oro; el mercado autorregulado, y el estado liberal. Polanyi asegura que una estructura capaz de organizar toda la vida económica sin ayuda o interferencia externa como la que supone el concepto de mercado autorregulado jamás se concretó en la realidad.

[2] Por sólo tomar un ejemplo, Platón criticará la democracia ateniense por ser un régimen compuesto por hombres que practicaban diversos oficios sin que este hecho fuera óbice para su participación política en el marco de la comunidad cívica que los contenía (Platón, 2000a). Su república ideal consagrará la figura del rey-filósofo como aquella que detenta la sabiduría experta requerida por el arte del buen gobierno (Platón 2000b).

[3] Con relación a la adscripción a principios y valores, ha resultado un lugar común, por cierto poco feliz, acusar de amoral a Karl Marx y, seguidamente, calificar como fiel adepto a la neutralidad valorativa a Max Weber. A quien desee valorar en su justa medida a ambos pensadores clásicos, lo invitamos a leer con detenimiento el lúcido artículo de Adolfo Sánchez Vázquez sobre ética y marxismo que se incluye en este volumen, así como también “La dimensión política de la formulación weberiana sobre la acción: contingencia y racionalidad en la modernidad” de Bettina Levy. En este artículo, Levy (2005) revisa la interpretación que presenta a Max Weber como un exponente paradigmático del academicismo despolitizado y no valorativo. En contraposición a esta lectura, la autora propone acudir, en primer lugar, a los principales argumentos weberianos sobre la labor de las ciencias sociales y los alcances prácticos de las mismas, para luego recuperar la indeterminación de la realidad social y el carácter contingente de la conducta significativa que el propio Weber trabaja en sus escritos. El análisis de Levy es agudo y preciso a la hora de reformular aspectos sustantivos de la concepción weberiana de la política relacionada con las acciones de los actores sociales dirigidas a intervenir en el mundo y transformarlo en procura de órdenes más justos.

[4] Frente a la simplificación nada pueril de Fukuyama, invitamos al lector a internarse en las páginas de El fin de las pequeñas historias de Eduardo Grüner (2002) y Las ilusiones del posmodernismo de Terry Eagleton (1998), dos estudios críticos insoslayables sobre los estudios culturales, los análisis poscoloniales y las versiones posmodernas de la teoría social y política de nuestros tiempos.

 

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