I. Una visión científica del mundo

 

El marxismo es una teoría general del mundo en que vivimos y de la sociedad humana como parte integrante de este mundo. Su nombre proviene de Karl Marx (1818-1883), quien, junto con Frederick Engels (1820-1895), elaboró esta teoría durante el pasado siglo (s. XIX).

Ambos emprendieron la tarea de investigar cómo es la sociedad humana, por qué cambia, y qué perspectivas le esperan a la humanidad. Sus estudios les llevaron a la conclusión de que estos cambios —al igual que los cambios que se producen en la naturaleza exterior— no son accidentales, sino que siguen determinadas leyes. Este hecho hace posible elaborar una teoría científica de la sociedad, basada en la experiencia efectiva de los hombres, en contraposición a las vagas nociones que se acostumbraba —y que todavía se acostumbra— usar acerca de la sociedad, las cuales van asociadas a las creencias religiosas, al culto de la raza o de los héroes, y a las tendencias personales o a los sueños utópicos.

Marx aplicó esta concepción general a la sociedad en que vivió, en particular a la Inglaterra capitalista, y elaboró la teoría económica del capitalismo por la que es ampliamente conocido. Pero él siempre subrayó que sus teorías económicas no podían separarse de sus teorías históricas y sociales. Los salarios y las ganancias pueden, hasta cierto, punto, ser estudiados como cuestiones puramente económicas, pero el investigador que se propone estudiar la vida real y no meras abstracciones pronto se da cuenta de que los salarios y las ganancias sólo pueden comprenderse plenamente cuando se ponen en relación con los empresarios y trabajadores, y éstos, a su vez, remiten a un estadio histórico en el que viven.

La aproximación científica al desarrollo de la sociedad se basa, como toda ciencia, en la experiencia, en los hechos de la historia y del mundo que nos rodea. De ahí que el marxismo no sea una teoría completa ni acabada. A medida que se desarrolla la historia y que el hombre va reuniendo más experiencia, el marxismo se va desplegando y va siendo aplicado a nuevos hechos que van surgiendo. El desarrollo más sobresaliente que ha tenido lugar desde la muerte de Marx y Engels ha sido la obra de Vladimir Illich Lenin (1870-1924).

El método científico en el estudio de la sociedad da lugar a un conocimiento que puede emplearse para cambiar la sociedad, de un modo análogo a como el saber científico se usa para transformar el mundo natural. Pero también se pone de manifiesto que las leyes generales que rigen el movimiento de la sociedad son similares a las del mundo natural. Tales leyes, de validez universal, válidas tanto para los hombres como para las cosas, constituyen lo que podría llamarse la filosofía o visión del mundo marxista.

Los capítulos que siguen tratan acerca de la teoría marxista en aquellos campos que tienen interés más inmediato. Sin embargo, es esencial darse cuenta, desde el principio, de que si el marxismo exige reconocimiento en el campo de las ciencias es porque procede de un estudio científico de los hechos, porque sus teorías corresponden a los hechos; en una palabra: porque es verdadero. Y precisamente porque es un método certero, puede y debe usarse para librar a la humanidad de los daños y de la miseria que afligen a tantos en el mundo de hoy, y para ayudar a los hombres y mujeres de todos los países a alcanzar un pleno desarrollo humano en el marco de una forma más elevada de sociedad.

 

II. Las leyes del desarrollo social

 

La historia de la humanidad se describe a modo de lista interminable de guerras entre países o de hazañas de reyes, generales o estadistas. A veces, los motivos de estas figuras individuales se presentan de manera puramente individual, como si sus ambiciones les condujeran a conquistar territorios o como si unas veces sus ideales morales y otras su inmoralidad les determinaran a adoptar una política concreta. Se dice algunas veces que actúan en virtud del honor o del prestigio de su pueblo, o en aras de un ideal religioso.

El marxismo no considera satisfactoria esta manera de enfocar el estudio de la historia. En primer lugar, considera que la auténtica ciencia histórica debe habérselas con los pueblos. Por ejemplo, le concede importancia a Cromwell, el dirigente de la Revolución Inglesa de 1640, debido a que él y su movimiento derribaron los obstáculos del feudalismo y abrieron el camino para el amplio desarrollo que luego tuvo el capitalismo de Gran Bretaña. Lo que importa no es el registro de sus batallas ni sus ideas religiosas o sus intrigas, sino el estudio del papel que desempeñó Cromwell en la historia del desarrollo de la producción y de la distribución económicas en Inglaterra, y de por qué, en aquel período y en aquel país, la lucha social se dirigió contra la monarquía feudal. Todo esto, acompañado de la investigación de los cambios introducidos en aquella época, es lo realmente importante, y constituye la base de una ciencia de la historia. A partir de los conocimientos que se desprenden de un estudio como éste (y junto con el estudio de otras épocas y de otros pueblos), es posible trazar teorías generales, leyes del desarrollo de la sociedad que son tan reales como las leyes de la química o de cualquier otra ciencia. Una vez conocidas estas leyes, podemos hacer uso de ellas como de cualquier otra clase de leyes, aplicándolas a nuestra acción; no sólo podemos predecir lo que es probable que ocurra, sino que podemos actuar con objeto de asegurar que ocurra.

Así, pues, el marxismo aborda el estudio de la historia con el fin de trazar las leyes naturales que rigen la historia humana, y para ello no centra su atención en los individuos, sino en los pueblos. Y cuando examina a los pueblos (por lo menos a los que son posteriores al estadio de la sociedad primitiva), halla que están divididos en grupos que presionan en direcciones diversas, no individualmente, sino en cuanto a clases.

¿Qué son estas clases? Para decirlo con la máxima simplicidad: son los grupos sociales cuyos miembros adquieren sus medios de subsistencia de la misma manera. En la sociedad feudal, el monarca y los señores feudales conseguían sus medios de vida mediante una u otra forma de tributo (ya fuera por servicios personales o por pagos en especie) que arrancaban a sus siervos, los cuales eran los verdaderos productores de los objetos, que eran en su mayor parte productos de la tierra. Los señores feudales constituían una clase, con unos intereses de clase; todos ellos aspiraban a obtener cuanto fuera posible del trabajo de sus siervos; todos ellos ambicionaban extender sus predios y el número de siervos que trabajaban para ellos. Frente a la clase de los señores, los siervos constituían otra clase, con sus propios intereses como tales. Deseaban guardar de lo que producían una parte para sí mismos y para sus familias, en lugar de cederlo a sus señores; querían la libertad para trabajar para sí mismos; querían liberarse del duro trato que recibían de manos de sus señores, que eran, por añadidura, sus legisladores y sus jueces. “¡Oh, Señor! ¡Yo trabajo tan duro! Yo salgo al amanecer, conduciendo a los bueyes al campo, y enyugándolos al arado. Sea el invierno nunca tan descarnado, jamás osaría quedarme en casa por temor a mi señor; pero cada día debo arar un acre completo o más”. *citado por Eileen Power en Medieval People, p.22].

De ahí que en todo país feudal hubiera una lucha constante entre señores y siervos, a veces en formas particulares —grupos de siervos que se enfrentaban con su señor particular— pero que a veces adquirían una base mucho más amplia cuando grandes masas de siervos actuaban juntos con objeto de conseguir un mejoramiento general de sus condiciones de vida. Tenemos un ejemplo de ello en la revuelta de 1381 en Inglaterra encabezada por John Ball y Wat Tyler. El recuento completo de este suceso se encuentra en Nine Days that Shock England, de H. Fagan. En Alemania, Rusia y muchos otros países tuvieron lugar sublevaciones análogas de campesinos, mientras que en menor escala las pequeñas luchas parciales no dejaban de producirse.

Además de la obligación de trabajar las tierras de sus señores, había muchas formas de tributo que debían pagarse en especie, y no sólo una parte del producto de sus propias tenencias, sino también productos de la industria artesanal que desarrollaban los siervos y sus familias. Había algunos artesanos especializados, como los fabricantes de armas y de equipos de guerra. Había también mercaderes que compraban los productos sobrantes para intercambiarlos por productos de otras regiones o países. Al incrementarse el comercio, estos mercaderes comenzaron a necesitar más que lo producido por los siervos y no exigido por el consumo de los señores; entonces emprendieron el desarrollo de la producción organizada con vistas al mercado, proveyendo a los siervos de materias primas y comprando luego lo que habían producido. Algunos de los siervos liberados se las arreglaron para instalarse en las ciudades como artesanos libres dedicados a la industria textil, a la producción de objetos metálicos y otros artículos.

Así, en un lento desarrollo que duró centenares de años, creció, en el seno mismo de una economía feudal de producción destinada básicamente al consumo local, una producción que se destinaba al mercado y que estaba en manos de artesanos independientes y de gente que empleaba a trabajadores asalariados. Los artesanos independientes también se convirtieron gradualmente en patronos que empleaban a jornaleros que trabajaban para ellos a cambio de salarios. De esta manera, ya desde el siglo XVI, fue surgiendo una nueva clase, la clase capitalista industrial, junto con su “sombra”, la clase de los trabajadores industriales. En el campo, por su parte, las viejas obligaciones feudales habían desaparecido; las prestaciones personales se transformaron en rentas en dinero, los siervos se convirtieron en muchos casos en campesinos libres que trabajaban sus propias tierras, y los terratenientes comenzaron a pagar salarios por la fuerza de trabajo que necesitaban emplear en sus posesiones. De este modo surgieron también el agricultor capitalista y el jornalero del campo que trabaja a cuenta de otro.

El crecimiento de la clase capitalista en la ciudad y en el campo no puso fin de un modo automático a la clase anteriormente dominante de los señores feudales. Por el contrario, la monarquía, la vieja aristocracia feudal y la Iglesia hicieron cuanto pudieron para hacer derivar el nuevo capitalismo en su beneficio propio. Los siervos que habían sido liberados o que se habían escapado a las ciudades se habían librado de la obligación de pagar tributo (en prestaciones personales, en especie o en dinero) a los señores. Pero cuando los descendientes de estos siervos llegaron a ser relativamente ricos, empezaron a darse cuenta de que no eran realmente libres: el rey y la nobleza les hacían pagar impuestos de todas clases, restringían su comercio e impedían el libre desarrollo de sus negocios de manufacturas.

El rey y la vieja nobleza de la tierra podían hacerlo porque controlaban la maquinaria del Estado —las fuerzas armadas, los tribunales y las cárceles— y dictaban así mismo las leyes. Por esta razón, el crecimiento de la clase capitalista significó también el crecimiento de nuevas formas de la lucha de clases. Los capitalistas tuvieron que emprender una lucha entre la monarquía y los señores feudales, lucha que se extendió a lo largo de varios siglos. En algunos países atrasados esta lucha todavía se mantiene, pero en países como Gran Bretaña y Francia, por ejemplo, ha llegado a su término. ¿Cómo ocurrió tal cosa? Por la toma del poder de la clase capitalista de manos de los gobernantes feudales mediante una revolución armada.

En Gran Bretaña, donde se alcanzó este estadio mucho antes que en los demás países, la lucha de la creciente clase capitalista contra los impuestos y las demás restricciones alcanzó su punto culminante a mediados del siglo XVII. Estas restricciones estaban frenando la expansión del modo capitalista de producción. Los capitalistas intentaron apartarlos primero por medios pacíficos, mediante peticiones al monarca, negándose a pagar los impuestos, y así sucesivamente; pero no se podía ganar ninguna victoria decisiva contra la maquinaria del Estado. Por consiguiente, los capitalistas tuvieron que enfrentar la fuerza a la fuerza, tuvieron que alzar al pueblo contra el rey, contra los impuestos arbitrarios y las restricciones al comercio, y contra los arrestos y las condenas impuestas por los jueces reales contra todo intento de romper las barreras feudales. En otras palabras, los capitalistas tuvieron que organizar una revolución armada, llevar al pueblo a alzarse en armas contra el monarca y las viejas formas de opresión, para vencer a los antiguos dominadores por medios militares. Sólo después de hacer esto les fue posible convertirse en clase dominante, derribar las barreras que se oponían a su desarrollo y establecer las leyes necesarias para éste.

Es totalmente cierto que la revolución capitalista británica se presenta como una lucha contra Carlos I que era un rey despótico e intrigante y de tendencia católica, mientas que Cromwell aparece como un anticatólico altamente respetable, imbuido de nobles ideales en pro de la libertad del pueblo británico. La lucha, en suma, se presenta como si se tratara de una lucha moral y religiosa. El marxismo va más allá de los individuos, y de las banderas bajo las cuales las luchas se llevan a cabo. Ve la esencia de la lucha de este período como el esfuerzo de la pujante clase capitalista por desplazar del poder a la vieja clase feudal dominante. De hecho, se dio un claro viraje: después de aquella revolución, en el segundo estadio de la misma en 1688, la clase capitalista logró una participación creciente en el control del Estado.

En Inglaterra, debido a que la revolución capitalista se produjo en un estadio algo prematuro, la victoria de los capitalistas no fue decisiva ni completa. A consecuencia de ello, pese a que las viejas estructuras feudales se vieron en gran medida destruidas, la clase de los terratenientes (incluyendo a los ricos advenedizos de origen urbano), sobrevivió en gran parte fundiéndose con la clase adinerada para un par de siglos y conservando una participación importante en el control del Estado.

Pero en Francia, donde el proceso se dilató más y donde la revolución capitalista no tuvo lugar hasta el año 1789, los cambios inmediatos tuvieron mayor alcance. Para el marxista, sin embargo, esto no se debió al hecho de que Rousseau y otros escritores hubieran escrito obras en las que proclamaban los derechos del hombre, ni a que las consignas populares durante la revolución fueran Libertad, igualdad, fraternidad. Así como la esencia de la revolución de Cromwell radicaba en la lucha de clases y no en las banderas religiosas, la esencia de la Revolución Francesa consistía en las relaciones de clase y no en los principios abstractos de justicia inscritos en sus proclamas.

Marx dijo de tales períodos: “Así como no podemos juzgar a un individuo sobre la base de la opinión que tiene de sí mismo, tampoco podemos juzgar un período revolucionario a partir de su propia conciencia de sí” (Introducción a la crítica de la economía política, 1857). Lo importante para comprender los períodos revolucionarios es ver las clases que luchan por el poder y la nueva clase que toma el poder de manos de la vieja, aun cuando los dirigentes de la nueva clase, sea consciente o inconscientemente, declaren que luchan por ideas abstractas o por objetivos no ligados directamente con los intereses ni con el poder de clase.

La interpretación marxista de la historia ve en la lucha de clases la principal fuerza impulsora del desarrollo de la sociedad humana. Pero la división de la sociedad en clases y el ascenso de nuevas clases dependen del grado de desarrollo de las fuerzas productivas usadas por el hombre para producir lo que necesita para la vida. El descubrimiento de la maquinaria movida por energía mecánica fue un extraordinario adelanto para la producción, pero no fue sólo esto. También trajo consigo la destrucción del productor que poseía su propia rueca y su telar, que ya no podía competir con sus rivales que usaban una maquinaria que permitía a un obrero hilar y tejer en un solo día más cantidad que la que podía producir un artesano en una semana entera. De esta manera, el productor individual, que poseía y utilizaba sus propios instrumentos de producción, cedió su lugar a dos clases: la clase de los capitalistas que poseía la nueva maquinaria mecanizada, pero que no la trabajaba, y la clase que no poseía medios de producción, pero trabajaba a cambio de un salario, para los propietarios.

 

 

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