PREFACIO DE LA PRIMERA EDICIÓN

 

Esta obra no tiene por objeto dar al mundo una nueva teoría de las operaciones intelectuales. Su único título a la atención del público, si acaso tiene alguno, es que constituye una tentativa, no para reemplazar, sino para sistematizar y reunir en un cuerpo las mejores ideas emitidas sobre este asunto por los escritores especulativos o seguidas por los pensadores exactos en sus investigaciones científicas

Reunir y cimentar los fragmentos dispersos de una materia que no fue tratada nunca como un todo; armonizar las varias porciones de teorías discordantes por medio de cadenas intermediarias y desprendiéndolas de los errores que en ellas se hallan más o menos mezclados, exige necesariamente una suma considerable de especulación original. La presente obra no pretende otra originalidad que esta. En el estado actual de la cultura de las ciencias hay fuertes presunciones contra el que se imaginase haber hecho una revolución en la teoría de la investigación de la verdad o aportado algún procedimiento fundamental nuevo para su aplicación. El único perfeccionamiento que es posible efectuar aun en los métodos de filosofar (y el autor piensa que tienen gran necesidad de ser perfeccionados) consiste en ejecutar con mayor vigor y cuidado operaciones que son ya, por lo menos en su forma elemental, familiares al entendimiento humano en algunas de sus aplicaciones

En la parte de la obra que trata del razonamiento, el autor no ha juzgado necesario entrar en detalles técnicos, que se encuentran expuestos en forma tan perfecta en los tratados de Lógica escolar. Se vera que el autor no participa en modo alguno del menosprecio de algunos filósofos modernos por el arte silogístico, a pesar de que la teoría científica usual sobre la que se fundamenta su defensa le parezca errónea; y sus opiniones sobre la Naturaleza y las funciones del silogismo suministraran quizás un medio de conciliar los principios de este arte con lo que él tiene de fundado en las doctrinas y las objeciones de los contradictores.

En cambio no hemos podido ser tan sobrios de detalles en el primer Libro, que trata de los nombres y de las proposiciones, por que muchos principios y muchas distinciones útiles consagradas en la antigua Lógica han sido gradualmente excluidos de las obras de los maestros que la enseñan; y ha parecido deseable recordarlos, y al mismo tiempo reformar y racionalizar sus bases filosóficas, Los primeros capítulos de este libro preliminar podrán, pues, parecer a algunos lectores demasiado elementales y escolásticos. Pero aquellos que saben de qué obscuridad se presenta frecuentemente revestida la teoría del conocimiento y de los procedimientos por los cuales es adquirida, por la idea confusa que nos formamos de las diferentes clases de palabras y de aserciones, no consideraran estas discusiones ni como frívolas ni como extrañas a las materias tratadas en los libros siguientes

Respecto de la inducción, lo que había que hacer era generalizar los modos de investigación de la verdad y de estimación de la prueba, por los cuales tanta grandes leyes de la Naturaleza en las diversas ciencias han sido añadidas al tesoro del conocimiento humano. Que esta no es una tarea fácil puede colegirse del hecho de que, aún en fecha muy reciente, eminentes escritores (entre los cuales basta citar al arzobispo Whately y al autor del célebre articulo sobre Bacon en la Edinburgh Review)([1]) no han vacilado en declararla imposible([2]). El autor se ha propuesto combatir su teoría a la manera como Diógenes refuto los razonamientos escépticos contra la posibilidad del movimiento, y observando que el argumento de Diógenes habría sido del mismo modo concluyente, aun cuando su deambulación personal no hubiera rebasado los límites de su tonel.

Cualquiera que sea el valor de lo que el autor ha podido establecer sobre este punto de la materia, cree un deber suyo reconocer que gran parte de ello lo debe a muchos importantes tratados, ya históricos, ya dogmáticos, sobre las generalidades y los métodos de las ciencias físicas que han parecido en estos últimos años. Ha hecho justicia a estos trabajos y a sus autores en el gran curso de la obra. Pero, como respecto de uno de estos escritores, el doctor Whewell, ha tenido ocasión frecuentemente de expresar divergencias de opinión, se cree más particularmente obligado a declarar aquí que, sin la ayuda de los hechos y de las ideas expuestas en la Historia de las ciencias inductivas de este autor, la porción correspondiente de su propio libro no hubiera probablemente sido escrita.

El último libro es un ensayo de contribución a la solución de un problema, en el cual la ruina de las antiguas ideas y la agitación que conmueve a la sociedad euro pea hasta en sus profundidades dan en este momento tanta importancia práctica como la que ha tenido en todos los tiempos desde el punto de vista de la especulación, a saber: si los fenómenos morales y sociales son verdaderamente excepciones en la uniformidad e invariabilidad del curso general de la Naturaleza, y hasta que punto los métodos con ayuda de los cuales un tan grande número de leyes del mundo físico han sido colocadas entre las verdades irrevocablemente adquiridas y universalmente aceptadas, podrían servir para la construcción de un cuerpo de doctrina semejante en las ciencias morales y políticas

 

PREFACIO DE LA TERCERA Y CUARTA EDICIONES

 

Desde la publicación de la segunda edición, esta obra ha sido objeto de varias críticas que ofrecían más o menos el carácter de la controversia, y el doctor Whewell acaba de publicar una respuesta a los pasajes en los cuales se discuten algunas de sus opiniones[3].

He examinado de nuevo, con atención, los puntos en los cuales han sido discutidas mis conclusiones; poro no he experimentado ningún cambio de opinión sobre objetos de alguna importancia. Las pocas ligeras inadvertencias que yo mismo he podido reconocer o que han sido señaladas por mis críticos, en general las he corregido tácitamente; pero no se debe inferir de aquí que yo acepte las objeciones hechas a todos los pasajes que he modificado o suprimido. No lo he hecho con frecuencia más que para no dejar en el camino ningún obstáculo, cuando el desarrollo que hubiera sido preciso dar a la discusión para colocar el asunto a su debida luz hubiera rebasado la medida conveniente a la ocasión

He creído útil responder con algún detalle a muchos argumentos que me han sido opuestos, no por gusto por la controversia, sino porque era una ocasión favorable de exponer más clara y completamente mis propias soluciones y mis fundamentos. En estas materias la verdad es militante y no puede establecerse más que por medio del combate. Las opiniones más opuestas pueden hacer gala de una evidencia plausible cuando cada una se expone y se explica ella misma; sólo escuchando y comparando lo que cada uno puede decir contra el otro, y lo que éste puede decir en su defensa, es posible decidir quien tiene razón.

Aun los mismos críticos de los cuales me alejo más me han sido útiles, señalándome los sitios en que la exposición tenia necesidad de ser desarrollada o la argumentación fortificada. Hubiera deseado que el libro hubiese sido más atacado, pues entonces hubiera podido probablemente mejorarle mucho más de lo que creo haberlo hecho.

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En la presente edición (sexta) he prescindido de una materia ocasionada a quejas, que en una época anterior no hubieran podido formularse. Las doctrinas principales de este tratado son, en suma, compatibles con una y otra de las teorías en conflicto sobre la estructura del espíritu humano (la teoría d priori o intuitiva, y la teoría experimental), bien que puedan exigir de la primera —más bien de algunas de sus formas— el sacrificio de algunas de sus obras exteriores. Me había, pues, abstenido, en lo posible, como ya lo hacia en la Introducción, de llevar la investigación más allá del dominio especial de la Lógica hasta las regiones metafísicas, y me había contentado con exponer las doctrinas de la Lógica en términos que son propiedad común de las dos escuelas rivales de metafísicos. Esta reserva fue probablemente en los primeros tiempos una recomendación para la obra; pero llego un momento en que algunos lectores estuvieron descontentos de ella. Viendo que continuamente la investigación se detenía de pronto por el motivo de que no podría haber ido más lejos sin entrar en una más alta metafísica, algunos se vieron inclinados a concluir que el autor no se había atrevido a llevar sus especulaciones en este terreno, y que si en el hubiera entrado, probablemente hubiera llegado a conclusiones diferentes de aquellas a que ha llegado en su obra. El lector tiene ahora un medio de juzgar si esto es así. En verdad, me he abstenido casi absolutamente, como en las anteriores ediciones, de toda discusión sobre las cuestiones metafísicas, por no admitir otro plan, en mi opinión, un tratado de Lógica; pero el lugar de estas discusiones ha sido llenado por referencias a una obra publicada recientemente, Examen de la Filosofía de sir William Hamilton, en la cual se encontraran las investigaciones que necesariamente han debido ser evitadas en 6sta. En algunos casos, poco numerosos, en que esto era posible y conveniente, como en la última sección del capítulo III del segundo libro, se ha dado el resumen y la substancia de lo establecido y explicado más extensamente en la otra obra.

Entre las numerosas mejoras de menos importancia de esta edición, la única que merece ser particularmente indicada es la adición de algunos ejemplos nuevos de investigación inductiva y deductiva, sustituidos a otros que el progreso de la Ciencia ha reemplazado o no ha confirmado.

 

SISTEMA DE LOGICA, INTRODUCCIÓN

 

1. Entre los autores encontramos tanta diversidad en la definición de la Lógica como en la manera de tratar sus detalles. Esto es lo que naturalmente debe suceder siempre que en un asunto cualquiera los escritores emplean el mismo lenguaje para expresar ideas diferentes.. Esta observación es aplicable a la Moral y a la Jurisprudencia, tanto como a la Lógica. Considerando cada autor de un modo diverso algunos de los puntos particulares que de estas ramas de la Ciencia están obligados a tratar, dispone su definición de modo que indica desde luego sus propias soluciones, y algunas veces supone en favor suyo precisamente aquello mismo que esta en litigio.

Esta diversidad no es tanto un mal que hay a que deplorar, como un resultado inevitable, y, hasta cierto punto, natural, del estado de imperfección de estas ciencias. No hay que confiar en ponerse de acuerdo sobre la definición de una cosa antes de haberse puesto de acuerdo sobre la cosa misma. Definir es elegir entre todas las propiedades de una cosa aquellas que se cree que deben ser designadas y declaradas por el nombre; y es preciso que estas propiedades nos sean bien conocidas, para estar en situación de decidir cuales son las que deben con preferencia ser escogidas para este fin. En consecuencia, cuando se trata de una masa de hechos particulares tan compleja como la que constituye lo que se denomina una ciencia, la definición que de ella se da es rara vez la que un conocimiento más extenso del asunto podría hacernos considerar como la mejor.

Antes de conocer suficientemente los hechos particulares mismos, no se puede determinar el modo más conveniente de circunscribirlos y condensarlos en una descripción general. Solo después de haber adquirido un conocimiento exacto y extenso de los detalles de los fenómenos químicos se ha juzgado posible instituir una definición racional de la Química; y la definición de la ciencia de la vida y de la organización es aún objeto de discusiones. Mientras las ciencias son imperfectas, las definiciones participaran de sus imperfecciones; y si las primeras progresan, las segundas progresaran también. Por consiguiente, todo lo que se puede esperar de una definición colocada a la cabeza de un estudio, es que determine el fin de sus investigaciones. La definición de la ciencia lógica que voy a presentar no pretende más que exponer la cuestión que yo me he propuesto a mi mismo y que trato de resolver en este libro. El lector es libre de no aceptarla como definición de la Lógica, pero en todos los casos es la definición exacta del objeto de esta obra.

  

2. La Lógica ha sido llamada frecuentemente el arte de razonar. Un escritor[4] que ha hecho más que otro alguno para volver a colocar este estudio en el rango que había perdido en la estimación de las clases cultivadas de nuestro país, ha adoptado esta definición, pero con una restricción. Para el la Lógica sería la ciencia al mismo tiempo que el arte del razonamiento, entendiendo por el primero de estos términos el análisis de la operación mental que tiene lugar cuando razonamos, y por el segundo las reglas fundadas sobre este análisis para verificar correctamente la operación. La conveniencia de esta rectificación no es dudosa. Una noción exacta del procedimiento mental, de sus condiciones y de su marcha, es la única base posible de un sistema de reglas destinadas a dirigirla. El arte supone necesariamente el conocimiento, y, salvo en su estado de infancia, el conocimiento científico; y si cada arte no lleva el nombre de una ciencia, es únicamente porque a veces muchas ciencias son necesarias para establecer los principios fundamentales de un solo arte. Las condiciones de la práctica son tan complicadas, que para hacer que una cosa sea factible es indispensable conocer la naturaleza y las propiedades de un gran número de otras. .

La Lógica, pues, es a la vez la ciencia del razonamiento y un arte fundado en esta ciencia. Pero la, palabra razonamiento, como la mayor parte  ..................................

 

 

 

[1] Lord Macaulay.

[2] En las ultimas ediciones de su Lógica y el arzobispo Whately hace notar que no quiere decir que no sea posible establecer «reglas» para la investigación inductiva de la verdad, o que éstas no sean «eminentemente útiles»; cree solamente que serían demasiado vagas y generales y no susceptibles de ser formuladas demostrativamente en una teoría regular como la del silogismo (lib. IV, cap. IV, §3), y añade: «Que esperar el establecimiento con este fin, de un sistema apto para recibir una forma científica atestiguaría una confianza más ardiente que esclarecida. Ahora bien: como este es expresamente el fin de la parte de la presente obra que trata de la inducción, se reconocerá que yo no exagero la diferencia de opinión entre el arzobispo Whately y yo, señalada en el texto

[3] Esta respuesta forma hoy un capítulo de su libro sobre la filosofía del descubrimiento.

[4] El arzobispo Whately.

 

 

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