ORIGINAL

 

 

Este texto —obra de los economistas soviéticos Lapidus y Ostrovitianov— fue reeditado en París por los estudiantes comunistas de la Escuela de Derecho. La traducción al castellano ha sido hecha con la colaboración de Annicke Le-corps a partir del texto francés.

Este Manual de Economía Política desarrolla los conceptos fundamentales de El Capital: valor de cambio, valor de uso, trabajo abstracto, trabajo concreto, fuerza de trabajo, valor de la fuerza de trabajo, plusvalía, ganancia, tasa de ganancia, precio de producción, etc.

Para mayor claridad de la exposición hemos transformado en escudos algunos ejemplos que en la versión francesa figuran en moneda rusa.

A pesar de que este Manual no constituye un trabajo de profundización de El Capital, ofrece, sin embargo, bajo una forma pedagógica, los principales elementos para una formación teórica de base.

El Manual original comprende, además, una parte dedicada al estudio de la economía soviética de la época en que fue escrito. Como nuestra meta esencial es exponer los conceptos fundamentales de El Capital, hemos juzgado innecesario publicar dicha parte de la obra.

Queremos subrayar, finalmente, que este Manual es, hoy imposible de encontrar. De ahí la importancia que atribuimos a su publicación.

 

 

LIBRO PRIMERO. EL VALOR REGULADOR DEL RÉGIMEN DE PRODUCCIÓN DE MERCANCÍAS.

 

CAPÍTULO PRIMERO. EL TRABAJO, BASE DEL VALOR

 

1) la división del trabajo y la propiedad privada condiciones previas del sistema económico basado en el intercambio. Necesidad del intercambio.

 

Aún hoy día, en las aldeas perdidas de la Unión Soviética es cosa frecuente encontrar campesinos que satisfacen necesidades rudimentarias únicamente con los medios de su propia economía: su pan lo hacen con el trigo o el centeno que ellos mismos han sembrado; su vestimenta la confeccionan con las gruesas telas que sus familias tejen durante las largas veladas de invierno, con el lino que ellos mismos cultivaron. Si hay que construir una choza su propio caballo le traerá al campesino la madera que él mismo habrá cortado y ésta será la materia prima de los muros; con su paja hará el techo; sólo necesitará que le proporcionen, desde afuera, los clavos y algunos otros artículos menos importantes.

En las lejanas tierras del norte donde viven los samoyedas y otros pueblos primitivos, la economía es aún más sencilla. Las manadas de renos que andan errando por aquellas tierras desérticas y las focas que los hombres van a cazar en el mar constituyen toda la base de la economía: el reno y la foca le proporcionan al Samoyeda la carne y la grasa para su alimento; la piel del reno le proporciona la materia para su vestimenta y su tienda.

Muy distinto es el espectáculo de la gran ciudad moderna.

En ella no se puede encontrar ni un solo hombre que satisfaga por sí mismo todas sus necesidades, sin tener que acudir a la ayuda ajena; ni un solo hombre que se construya la casa con materiales que él mismo haya fabricado, que confeccione su ropa y produzca sus alimentos.

Centenares de millares de hombres pueblan las grandes metrópolis y cada uno de ellos tiene sus ocupaciones: miles de obreros metalúrgicos se pasan toda la vida en el torno o en el banco de trabajo, al lado de las máquinas, muchos de ellos nunca fueron al campo y no saben ni como arar la tierra ni como segar. Ocurre lo mismo con millares otros trabajadores: sastres, albañiles, carpinteros, panaderos, choferes.

¿Cómo puede cada uno, trabajando en su estrecha especialidad, no morirse de hambre o de frío? Lo que ocurre es que viven en una estrecha dependencia; trabajan los unos para los otros: la tejedora sólo puede pasarse la vida en el telar, porque el panadero amasa el pan y porque el albañil construye. Es evidente que el panadero no hace el pan solamente para él, también lo hace para la tejedora, y el albañil construye viviendas para millares de hombres ocupados en otros trabajos. Si este lazo no existiera, la vida sería imposible en la sociedad moderna.

Recordemos lo que hemos visto en Rusia durante la guerra civil. Cuando un gran número de empresas industriales dejaron de trabajar y la superficie de las tierras cultivadas disminuyó en el campo; cuando los ferrocarriles casi dejaron de funcionar, y la relación entre las diferentes economías se debilitó, resultó imposible que el obrero se quedara constantemente en su banco de trabajo; el hierro que trabajaba el metalúrgico y el carbón que extraía el minero no podían alimentarlos. ¡Cuántos obreros abandonaron entonces su industria por esta única razón y se fueron hacia el campo!; ¡cuántos obreros empezaron a cultivar papas o trigo en las afueras de la ciudad! Y cuando llegó el invierno, ¡cuántos obreros y empleados se fueron a cortar leña a los bosques para calentarse!

En resumen, la vida obligaba a los hombres a salir de los marcos estrechos de la división del trabajo y a volver al estilo de vida del campesinado, que, en aldeas lejanas, satisface todas sus necesidades por sus propios medios.

En conclusión, la división del trabajo sólo resulta posible en la sociedad moderna, porque los productores aislados, ocupados en distintas ramas del trabajo, entran en contacto unos con otrosy ofrecen a los trabajadores de las demás especialidades los productos de su propio trabajo.

Cuanto más desarrollada es la sociedad, más profunda es la división del trabajo, y cuanto más importante es la relación entre las economías aisladas, más estrecha es la interdependencia de éstas.

En la época actual,[1]la división del trabajo existe no sólo entre la ciudad esencialmente industrial y el campo que produce los víveres y las materias primas, sino también entre los países. Rusia es esencialmente un país agrícola, Alemania (y aún más Inglaterra) es un país industrial. Se comprende perfectamente que Rusia necesite de Alemania y de Inglaterra que la surten de máquinas y productos industrializados. Se comprende que Alemania necesite el trigo ruso. La interdependencia de estos países se manifestó sobre todo durante la guerra, cuando Alemania estuvo condenada al hambre y varios productos industrializados faltaron en Rusia.

Pero ¿cómo se realiza en la sociedad moderna la relación entre estas distintas economías?

Hemos visto que será bastante fácil organizar esta relación dentro de la futura sociedad comunista. A decir verdad, no se encontrarán empresas aisladas, independientes unas de otras, perteneciendo a particulares. La sociedad comunista será un todo dirigido por un centro único. Este núcleo dirigente organizará la producción y la repartición por ejemplo, destinará parte del pan hecho por los panaderos a las necesidades de los metalúrgicos que fabrican las máquinas y viceversa; mandará hacer a los constructores las herramientas y la maquinaria que necesitan las panaderías mecanizadas.

¿Es posible semejante relación entre distintas empresas dentro de la sociedad capitalista? Por cierto que no. Pues, como ya lo hemos señalado, la s empresas pertenecen a diferentes propietarios privados y cada uno de ellos, al organizar su empresa, piensa en sus propios intereses y no en los de la sociedad. Dentro de los límites de su empresa el capitalista es soberano, dispone de sus bienes a su antojo: pone la empresa en marcha o la cierra, produce una mercancía u otra.

Pensándolo mejor y considerando lo que hemos dicho anteriormente, resulta que el poder “ilimitado” del capitalista es, en realidad, muy limitado. Necesita de las demás empresas y de los demás capitalistas, aunque no fuera más que para recibir los productos de consumo para él y sus obreros y procurarse las máquinas y las materias primas necesarias a su fábrica. Y todos los demás capitalistas en las empresas donde se fabrican estos productos, son también propietarios que quizás necesitan de nuestro capitalista, pero, sea lo que sea, todos consideran, antes que nada, sus intereses particulares, sus intereses de propietarios.

La relación entre estas economías distintas, que necesitan una de la otra, pero entre las cuales cada una constituye un elemento autónomo de propiedad, sólo se puede efectuar de una manera: a través del intercambio de los productos en el mercado.

En la economía en la cual predomina el intercambio, cada productor en particular fabrica bienes, no con el propósito de satisfacer sus propias necesidades, sino con el de lanzarlos al mercado y de cambiarlos por otros productos que necesita.

En este caso, los productos se llaman mercancías y la economía basada en su producción se caracteriza por el intercambio.

La economía capitalista es una de las formas de la economía basada en el intercambio. Aquí sólo retendremos que la idea del régimen caracterizado por el intercambio es más amplia que la noción de “capitalismo”. Un régimen basado en el intercambio, pero que no sea capitalista, es posible como lo veremos más tarde; se puede en cierto sentido, relacionar con esta categoría la economía soviética. La economía mercantil simple, que en ningún caso se debe confundir con la capitalista, aunque ambos sistemas está n basados en el intercambio, se relaciona también con esta economía.

En la economía mercantil simple, el productor de la mercancía es dueño y vendedor de ella; en la economía capitalista, el productor de la mercancía no es dueño de ella, pertenece al capitalista que posee fábricas equipadas con máquinas y tiene los medios de producción. Esta es la razón por la cual el capitalista obliga al obrero, privado tanto de los medios de producción como de los medios de consumo, a trabajar para él.

Ya hemos visto que el objetivo principal de nuestro trabajo es el estudio de las leyes que rigen la economía capitalista. Pero esta tarea nos resultará mucho más fácil si empezamos por la economía mercantil simple y no por la capitalista. Sólo después de estudiar las leyes más sencillas de la economía mercantil simple podremos comprender las leyes más complejas de la economía capitalista.

 

2) El precio, regulador aparente de la economía basada en el intercambio

 

En la economía mercantil simple como en cualquiera basada en el intercambio, el contacto entre los poseedores de mercancías se establece en el mercado. Todos los productores aislados (o los poseedores) de mercancías se presentan en el mercado en la misma calidad de propietarios de mercancía s y sólo se deshacen de sus productos si reciben otros a cambio de ellos.

Se entiende que cada uno de los poseedores de mercancías, al presentarse en el mercado en calidad de propietario independiente, sólo busca satisfacer sus propios intereses, o sea, vender sacando el mayor provecho. Vender bien es recibir, a cambio de sus mercancías, la mayor cantidad de otros productos.'

En la economía desarrollada basada en el intercambio, cuando se cambian todas las mercancías por dinero, (como lo veremos más tarde) se trata de recibir, a cambio, la mayor cantidad de dinero. Pero ¿puede el poseedor individual de mercancías satisfacer su deseo y vender al precio más ventajoso?

Aunque sea aparentemente “el dueño absoluto” de sus mercancías, el cumplimiento de su voluntad no depende sólo de él. El comprador es también un propietario que dispone de su dinero como le place y a quién anima el deseo de comprar barato. Además, al lado de nuestro comerciante, están otros comerciantes que venden las mismas mercancías. A veces llegan pocos compradores y puede pasar que cada uno de los comerciantes no venda todas sus existencias. De ello nace la competencia, que hace que los poseedores de mercancías luchen entre sí, se disputen el comprador e intenten vender más barato que su competidor.

El mercado se convierte en el teatro de una lucha incesante entre compradores y comerciantes y entre poseedores individuales de mercancías.

Sólo entonces se convence el propietario de los estrechos límites de su poder y de la estrecha dependencia de su empresa frente a todas las demás que son también propiedades individuales.

Antes de ir al mercado el propietario actuaba completamente a tientas. Sólo el mercado puede, por el pecio que fija, enseñar al productor individual de mercancías el lugar que su empresa ocupa en el sistema de la economía social.

Por ejemplo, si el precio de las botas sube mucho, significa que se han producido menos botas de las que se necesitaban; si baja el precio significa que se han producido demasiadas, y, en otras palabras que la no organización del sistema basado en el intercambio ha llegado a una repartición del trabajo entre las distintas ramas de la industria que no corresponde a las necesidades de los hombres. Inmediatamente, los productores de mercancías tomarán en cuenta esta indicación del mercado. En el primer caso aumentarán la producción de las botas, en el segundo restringirán. Así, el movimiento de los precios dirige y regula la economía basada en el intercambio y este regulador actúa espontáneamente. Los precios que se establecen en el mercado, aunque son el resultado de la acción recíproca y de la lucha de los propietarios-productores de mercancías no son, sin embargo, independientes de la voluntad de cada uno ellos con una fuerza tan irresistible como la de las leyes de la naturaleza. El precio de ciertas mercancías puede ser arruinador para un productor determinado, pero mientras las condiciones que lo han determinado sigan actuando, nada ni nadie podrá modificarlo en la economía basada en el intercambio.

El precio desarrolla un papel tan importante en la economía basada en el intercambio, que al iniciar el estudio de dicha economía tenemos la obligación de preguntarnos: ¿De qué depende el precio? ¿Qué es lo que lo determina? ¿Qué es lo que determina este regula dor espontáneo de la economía de intercambio?

Tratemos de resolver esta pregunta.

 

3) ¿Cuáles son las condiciones que determinan el precio? Utilidad, oferta y demanda

 

Si entro en una tienda y pido un par de zapatos, el empleado me ofrece sonriendo no un par sino varios, de forma y calidad distintas. Se comprende que el precio no va a ser siempre el mismo.

Si el vendedor me pide por un par de zapatos ciento veinte escudos y por otro sólo ochenta escudos, puedo, naturalmente, informarme de la causa de esta diferencia de precio.

¿Qué me contestará el empleado?

Ya sea que el primer par es de mejor calidad o que está más de moda.

En una palabra me explicará primero la diferencia de precio por la calidad de los zapatos, por el uso que se puede hacer de ellos.

¿Es exacta esta explicación? A primera vista puede parecerlo.

Es cierto que podré ponerme un par de años el par de zapatos de buena calidad. El otro me durará menos. ¿No será ésta la razón por la cual el primero cuesta más caro?

Estudiemos más a fondo esta explicación. Consideremos, en vez del precio de dos pares de zapatos, el precio de un par y de otra mercancía, por ejemplo, un plato.

Un plato, se sabe, es mucho más barato que un par de zapatos. Vamos a admitir que es cuatro veces más barato. ¿Se puede deducir de esto que dura menos que el par de zapatos? Por cierto no. Un plato, sobre todo si es metálico puede durar largos años, mientras que un par de zapatos sólo puede soportar algunas temporadas.

La duración acerca del uso de una mercancía no es pues el factor decisivo.

Pero, ¿quizás el par de zapatos sea más caro que el plato porque resulta, en general, más útil? Es posible no usa plato y tomar la sopa en la olla que sirvió para cocerla, como lo siguen haciendo ciertos campesinos. Se puede pedir prestado un plato al vecino pero no resulta tan fácil pedir prestado un par de zapatos ni tampoco salir sin nada cuando hace frío.

Pero pensándolo bien, esta explicación de la diferencia de precios de las distintas mercancías tampoco resulta satisfactoria. Es real que el pan es infinitamente más barato que el diamante; y, sin embargo, el hombre lo necesita mucho más que al diamante. Aún más, todos sabemos que ciertas cosas de las cuales tenemos la más grande necesidad son muy baratas, algunas nos son regaladas gratuitamente como el aire, el agua del río, etc. ¿Podríamos decir entonces, que el par de zapatos cuesta cuatro veces más caro que el plato porque lo necesitamos cuatro veces más? ¿Dónde encontrar la medida que permita expresar en cifras la intensidad de la necesidad que el hombre tiene de un objeto determinado?

 

[1]Los autores se refieren a 1929 (N. del E.)

 

 

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