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CUADERNO 13  (XXX) 1932-1934.

 

Notas breves sobre la política de Maquiavelo

  • <1> La característica fundamental del Príncipe es la de no ser un tratado sistemático sino un libro "vivo", en el que la ideología política y la ciencia política se fusionan en la forma dramática del "mito". Entre la utopía y el tratado escolástico, las formas en que la ciencia política se configuraba hasta antes de Maquiavelo, dieron a su concepción la forma fantástica y artística, por la que el elemento doctrinal y racional se encarna en un condottiero, que representa plástica y "antropomórficamente" el símbolo de la "voluntad colectiva". El proceso de formación de una determinada voluntad colectiva, para un determinado fin político, es representado no a través de disquisiciones y clasificaciones pedantes de principios y criterios de un método de acción, sino como cualidades, rasgos característicos, deberes, necesidades de una persona concreta, lo que hace actuar la fantasía artística de quien se quiere convencer y da una forma más concreta a las pasiones políticas. (Habrá que buscar en los escritores políticos anteriores a Maquiavelo si existen escritos configurados como el Príncipe. También la conclusión del Príncipe está vinculada a este carácter "mítico" del libro: después de haber representado al condottiero ideal, Maquiavelo, con un pasaje de gran eficacia artística, invoca al condottiero real que históricamente lo personifica: esta invocación apasionada se refleja en todo el libro confiriéndole precisamente su carácter dramático. En los Prolegómenos de L. Russo se le llama a Maquiavelo el artista de la política y una vez se halla incluso la expresión "mito", pero no precisamente en el sentido antes indicado).[1]

El Príncipe de Maquiavelo podría ser estudiado como una ejemplificación histórica del "mito" soreliano, o sea de una ideología política que se presenta no como fría utopía ni como doctrinario raciocinio, sino como una creación de fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar en él la voluntad colectiva. El carácter utópico del Príncipe está en el hecho de que el "príncipe" no existía en la realidad histórica, no se le presentaba al pueblo italiano con características inmediatamente objetivas, sino que era una pura abstracción doctrinaria, el símbolo del jefe, del condottiero ideal; pero los elementos pasionales, míticos, contenidos en todo el breve volumen, con tono dramático de gran efecto, se resumen y cobran vida en la conclusión, en la invocación de un príncipe "realmente existente". En todo el libro Maquiavelo trata de cómo debe ser el Príncipe para conducir a un pueblo a la fundación del nuevo Estado, y el tratamiento se conduce con rigor lógico, con desapego científico: en las conclusiones, Maquiavelo mismo se hace pueblo, se confunde con el pueblo, pero no con un pueblo "genéricamente" entendido, sino con el pueblo al que Maquiavelo ha convencido con su tratado precedente, del que él se vuelve y se siente conciencia y expresión, se siente idéntico: parece que todo el trabajo "lógico" no es más que una autorreflexión del pueblo, un razonamiento interno, que se hace en la conciencia popular y que tiene su conclusión en un grito apasionado, inmediato. La pasión, de razonamiento sobre sí misma, se reconvierte en "afecto", fiebre, fanatismo de acción. He ahí por qué el epílogo del Príncipe no es algo extrínseco, "pegado" desde fuera, retórico, sino que debe ser explicado como elemento necesario de la obra, incluso como el elemento que refleja su verdadera luz sobre la obra y hace de ella como un "manifiesto político".

Se puede estudiar cómo Sorel, de la concepción de la ideología no llegó a la comprensión del partido político, sino que se detuvo en la concepción del sindicato profesional. Es cierto que para Sorel el "mito" no encontraba su expresión mayor en el sindicato, como organización de una voluntad colectiva ya operante, acción práctica, cuya realización máxima habría debido ser la huelga general, o sea una "actividad pasiva" por así decirlo, de carácter negativo y preliminar (el carácter positivo sólo es dado por el acuerdo alcanzado en las voluntades asociadas) de una actividad que no prevé su propia fase "activa y constructiva". En Sorel, pues, se combatían dos necesidades: la del mito y la de la crítica del mito en cuanto que "todo plan preestablecido es utópico y reaccionario". La solución era abandonada al impulso de lo irracional, de lo "arbitrario" (en el sentido bergsoniano de "impulso vital") o sea de la "espontaneldad". (Habría que señalar aquí una contradicción implícita en el modo como Croce plantea su problema de historia y antihistoria con otros modos de pensar de Croce: su aversión a los "partidos políticos" y su modo de plantear la cuestión de la "previsibilidad" de los hechos sociales, cfr. Conversazioni Critiche, primera serie, pp. 150-52, reseña del libro de Ludovico Limentani, La previsione del fatti sociali, Turín, Bocca, 1907;[2] si los hechos sociales son imprevisibles y el mismo concepto de previsión es una palabra hueca, lo irracional no puede dejar de dominar y toda organización de hombres es antihistoria, es un "prejuicio": no queda más que resolver, según se presenten y con criterios inmediatos, los problemas prácticos individuales planteados por el desarrollo histórico —cfr. artículo de Croce, "Il partito come giudizio e come pregiudizio", en Cultura e Vita morale—[3] y el oportunismo es la única línea política posible). ¿Puede sin embargo un mito ser "no-constructivo", puede imaginarse, en el orden de intuiciones de Sorel, que sea productivo de efectividad un instrumento que deja a la voluntad colectiva en su fase primitiva y elemental de su simple formarse, por distinción (por "escisión") aunque sea con violencia, o sea destruyendo las relaciones morales y jurídicas existentes? Pero esta voluntad colectiva, así formada elementalmente, ¿no dejará inmediatamente de existir, desperdigándose en una infinidad de voluntades individuales que para la fase positiva siguen direcciones distintas y contrastantes? Además de la cuestión de que no puede haber destrucción, negación, sin una implícita construcción, afirmación,[4] y no en sentido "metafísico", sino prácticamente, o sea políticamente, como programa de partido. En este caso se ve que se supone detrás de la espontaneldad un puro mecanicismo, detrás de la libertad (arbitrio-impulso vital) un máximo de determinismo, detrás del idealismo un materialismo absoluto.

El moderno príncipe, el mito-príncipe no puede ser una persona real, un individuo concreto, puede ser solamente un organismo; un elemento de sociedad complejo en el cual ya tiene principio el concretarse de una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Este organismo es dado ya por el desarrollo histórico y es el partido político, la primera célula en que se agrupan gérmenes de voluntad colectiva que tienden a hacerse universales y totales. En el mundo moderno sólo una acción histórico-política inmediata e inminente, caracterizada por la necesidad de un procedimiento rápido y fulminante, puede encarnarse míticamente en un individuo concreto: la rapidez no puede hacerse necesaria más que por un gran peligro inminente, gran peligro que crea fulminantemente el encendimiento de las pasiones y del fanatismo, aniquilando el sentido crítico y la corrosividad irónica que pueden destruir el carácter "carismático" del condottiero (lo que ha sucedido en la aventura de Boulanger).

Pero una acción inmediata de tal género, por su misma naturaleza, no puede ser de vasto alcance y de carácter orgánico: será casi siempre del tipo restauración y reorganización y no del tipo adecuado para la fundación de nuevos Estados y nuevas estructuras nacionalesa y sociales (como era el caso en el Príncipe de Maquiavelo, en el que el aspecto de restauración era sólo un elemento retórico, o sea ligado al concepto literario de la Italia descendiente de Roma y que debía restaurar el orden y el poder de Roma), de tipo "defensivo" y no creativo original, en el cual se supone que una voluntad colectiva, ya existente, se ha debilitado, dispersado, ha sufrido un colapso peligroso y amenazante pero no decisivo y catastrófico y hay que reconcentrarla y robustecerla, y no ya que una voluntad colectiva deba ser creada ex novo, originalmente, y orientarla hacia metas concretas y racionales, sí, pero de una concreción y racionalidad todavía no realizadas y criticadas por una experiencia histórica real y universalmente conocida.

a En el manuscrito: "naciones".

El carácter "abstracto" de la concepción soreliana del "mito" se muestra en la aversión (que adopta la forma pasional de una repugnancia ética) por los jacobinos que ciertamente fueron una "encarnación categórica" del Príncipe de Maquiavelo. El moderno Príncipe debe tener una parte dedicada al jacobinismo (en el significado integral que esta noción ha tenido históricamente y debe tener conceptualmente), como ejemplificación de cómo se ha formado en concreto y cómo ha actuado una voluntad colectiva que al menos en algunos aspectos fue creación ex novo, original. Ves preciso que se defina la voluntad colectiva y la voluntad política en general en el sentido moderno, la voluntad como conciencia activa de la necesidad histórica, como protagonista de un real y efectivo drama histórico.

Una de las primeras partes debería precisamente estar dedicada a la "voluntad colectiva", planteando así la cuestión: ¿cuándo se puede decir que existen las condiciones para que pueda suscitarse y desarrollarse una voluntad colectiva nacional-popular? De ahí un análisis histórico (económico) de la estructura social del país dado y una representación "dramática" de los intentos realizados a través de los siglos para suscitar esta voluntad y las razones de los sucesivos fracasos. ¿Por qué en Italia no se dio la monarquía absoluta en tiempos de Maquiavelo? Hay que remontarse hasta el Imperio Romano (cuestión de la lengua, de los intelectuales, etcétera), comprender la función de las Comunas medievales, el significado del catolicismo, etcétera: en suma, hay que hacer un esbozo de toda la historia italiana, sintético pero exacto.

La razón de los sucesivos fracasos de los intentos de crear una voluntad colectiva nacional-popular debe buscarse en la existencia de determinados grupos sociales, que se forman desde la disolución de la burguesía comunal, en el carácter particular de otros grupos que reflejan la función internacional de Italia como sede de la iglesia y depositaria del Sacro Imperio Romano, etcétera. Esta función y la posición consiguiente determina una situación interna que se puede llamar "económico-corporativa", esto es, políticamente, la peor de las formas de sociedad feudal, la forma menos progresista y más estancada: faltó siempre, y no podía constituirse, una fuerza jacobina eficiente, la fuerza que, precisamente, en las otras naciones suscitó y organizó la voluntad colectiva nacional-popular y fundó los Estados modernos. ¿Existen finalmente las condiciones para esta voluntad, o sea, cuál es la relación actual entre estas condiciones y las fuerzas opuestas? Tradicionalmente las fuerzas opuestas han sido la aristocracia terrateniente y más generalmente la propiedad de la tierra en su conjunto, con su rasgo característico italiano de que es una "burguesía rural" especial, herencia de parasitismo dejada a los tiempos modernos por la destrucción, como clase, de la burguesía comunal (las cien ciudades, las ciudades del silencio). Las condiciones positivas deben buscarse en la existencia de grupos sociales urbanos, convenientemente desarrollados en el campo de la producción industrial y que hayan alcanzado un determinado nivel de cultura histórico-política. Ninguna formación de voluntad colectiva nacional-popular es posible si las grandes masas de campesinos cultivadores no irrumpen simultáneamente en la vida política. Eso pretendía Maquiavelo a través de la reforma de la milicia, eso hicieron los jacobinos en la Revolución francesa, en esta comprensión debe identificarse un jacobinismo precoz de Maquiavelo, el germen (más o menos fecundo) de su concepción de la revolución nacional. Toda la historia desde 1815 en adelante muestra el esfuerzo de las clases tradicionales para impedir la formación de una voluntad colectiva de este género, para mantener el poder "económico-corporativo" en un sistema internacional de equilibrio pasivo.

Una parte importante del moderno Príncipe deberá ser dedicada a la cuestión de una reforma intelectual y moral, o sea a la cuestión religiosa o de una concepción del mundo. También en este campo encontramos en la tradición ausencia de jacobinismo y miedo al jacobinismo (la última expresión filosófica de tal miedo es la actitud maltusiana de B. Croce con respecto a la religión). El moderno Príncipe debe y no puede dejar de ser el pregonero y organizador de una reforma intelectual y moral, lo que además significa crear el terreno para un ulterior desarrollo de la voluntad colectiva nacional popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de civilización moderna.

Estos dos puntos fundamentales —formación de una voluntad colectiva nacional-popular de la que el moderno Príncipe es al mismo tiempo el organizador y la expresión activa y operante, y reforma intelectual y moral— deberían constituir la estructura del trabajo. Los puntos concretos de programa deben ser incorporados en la primera parte, o sea que deberían derivar "dramáticamente" del discurso, no ser una fría y pedante exposición de raciocinios.

¿Puede haber reforma cultural y, por lo tanto, elevación civil de los estratos deprimidos de la sociedad, sin una previa reforma económica y un cambio en la posición social y en el mundo económico? Por eso una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, incluso el programa de reforma económica es precisamente el modo concreto en que se presenta toda reforma intelectual y moral. El moderno Príncipe, desarrollándose, trastorna todo el sistema de relaciones intelectuales y morales en cuanto que su desarrollo significa precisamente que todo acto es concebido como útil o dañino, como virtuoso o perverso, sólo en cuanto que tiene como punto de referencia al moderno Príncipe mismo y sirve para incrementar su poder o para obstaculizarlo. El Príncipe toma el lugar, en las conciencias, de la divinidad o del imperativo categórico, se convierte en la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones habituales.

Cfr. Cuaderno 8 (XXVIII), pp. 9-11.

  • <2> Las notas escritas a propósito del estudio de las situaciones y de lo que hay que entender por "relaciones de fuerza". El estudio de cómo hay que analizar las "situaciones", o sea de cómo hay que establecer los diversos grados de relación de fuerzas puede prestarse a una exposición elemental de ciencia y arte política, entendida como un conjunto de cánones prácticos de investigación y de observaciones particulares útiles para despertar el interés por la realidad afectiva y suscitar intuiciones políticas más rigurosas y vigorosas. Junto a ello hay que situar la exposición de lo que hay que entender en la política por estrategia y táctica, por "plan" estratégico, por propaganda y agitación, por ciencia de la organización y de la administración en política. Los elementos de observación empírica que suelen hallarse expuestos confusamente en los tratados de ciencia política (se puede tomar como ejemplar la obra de G. Mosca: Elementi di scienza política)[5] deberían, en cuanto que no son cuestiones abstractas o sin fundamento, encontrar su lugar en los diversos grados de las relaciones de fuerza, comenzando por las relaciones de las fuerzas internacionales (en las que hallarían su lugar las notas escritas sobre lo que es una gran potencia, sobre las agrupaciones de Estados en sistemas hegemónicos y por Io tanto sobre el concepto de independencia y soberanía por lo que respecta a las potencias pequeñas y medianas) para pasar a las relaciones objetivas sociales, o sea al grado de desarrollo de las fuerzas productivas, a las relaciones de fuerza política y de partido (sistemas hegemónicos en el interior del Estado) y a las relaciones políticas inmediatas (o sea potencialmente militares).

¿Las relaciones internacionales preceden o siguen (lógicamente) a las relaciones sociales fundamentales? Siguen, indudablemente. Toda innovación orgánica en la estructura modifica orgánicamente las relaciones absolutas y relativas en el campo internacional, a través de sus expresiones técnico-militares. Incluso la posición geográfica de un Estado nacional no precede sino que sigue (lógicamente) a las innovaciones estructurales, aunque reaccionando sobre ellas en cierta medida (precisamente en la medida en que las superestructuras reaccionan sobre la estructura, la política sobre la economía, etcétera). Por otra parte, las relaciones internacionales reaccionan pasivamente y activamente sobre las relaciones políticas (de hegemonía de los partidos). Cuanto más subordinada está la vida económica inmediata de una nación a las relaciones internacionales, tanto más representa esta situación un determinado partido y la explota para impedir que ganen ventaja los partidos adversarios (recordar el famoso discurso de Nitti sobre la revolución italiana ¡técnicamente imposible!).[6] De esta serie de hechos se puede llegar a la conclusión de que a menudo el llamado "partido del extranjero" no es precisamente el que como tal es vulgarmente indicado, sino precisamente el partido más nacionalista, que, en realidad, más que representar las fuerzas vitales de su propio país, representa su subordinación y el sometimiento económico a las naciones o a un grupo de naciones hegemónicas (una alusión a este elemento internacional "represivo" de las energías internas se encuentra en los artículos publicados por G. Volpe en el Corriere della Sera del 22 y 23 de marzo de 1932).[7]

Cfr. Cuaderno 8 (XXVIII), pp. 16-16 bis.

  • <3> Además de en el modelo ejemplar de las grandes monarquías absolutas de Francia y España, Maquiavelo encontró el origen de su concepción política de la necesidad de un Estado unitario italiano en el recuerdo del pasado de Roma. Hay que hacer resaltar sin embargo que no por eso Maquiavelo debe confundirse con la tradición literaria-retórica. Primero porque este elemento no es exclusivo y ni siquiera dominante, y la necesidad de un gran Estado nacional no es deducida de aquél, y luego también porque el mismo remitirse a Roma es menos abstracto de lo que parece, si se sitúa puntualmente en el clima del Humanismo y del Renacimiento. En el libro VII del Arte della guerra se lee: "esta provincia (Italia) parece nacida para resucitar las cosas muertas, como se ha visto en la poesía, en la pintura y en la escultura",` ¿por qué, pues, no habría de revivir las virtudes militares?, etcétera. Habrá que reagrupar las otras alusiones del género para establecer su carácter exacto.

Cfr. Cuaderno 8 (XXVIII), p. 17 bis.

 

[1] I Cfr. Luigi Russo, Prolegoineni a Machiavelli, cit., pp. 19-31 (cap. III: “Il Machiavelli artista-eroe della tecnica politica"). En la p. 29 Russo escribe que Valentino fue "ascendido por nuestro autor a príncipe-mito de su doctrina".

[2] 2 Una referencia a este escrito de Croce sobre la previsión de los hechos sociales está también en el Cuaderno 10 (XXXIII). parte II, § 41, VI, p. 24a

[3] 3 Cfr. Croce, Cultura e vita morale cit., pp. 191-98.

[4] 4 Cfr. a este respecto, Cuaderno 6 (VIII), § 30.

[5] 1 Cfr. nota 1 al Cuaderno 8 (XXVIII), § 24.

[6] 2 Se trata del discurso pronunciado por Nitti en la Cámara el 9 de julio de 1919 ya mencionado por Gramsci en el Cuaderno 1 (XVI), § 116, p. 75 hís (cfr. nota 5).

[7] 3 Cfr. nota 1 al Cuaderno 8 (XXVIII), § 102.

 

 

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