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Las cualidades pedagógicas de este libro se aúnan al mérito de exponer con claridad y rigor científico la teoría marxista de la historia y al de presentar las tesis de los pensadores clásicos de manera concisa y accesible al estudiante.

 Esta nueva edición presenta diversas modificaciones con relación a las anteriores:

Primero: Las definiciones conceptuales son aquí culminación de la exposición pedagógica, no punto de partida.

Segundo: Se pretende proporcionar un instrumental teórico que permita el estudio crítico y creador del propio marxismo. La intención no es sustituir el estudio de los clásicos sino motivar una lectura antidogmática de sus textos teóricos y políticos.

Tercero: Se ha elaborado un tipo de cuestionario absolutamente diferente, mucho más acorde con el objetivo buscado.

Cuarto: Se ha reelaborado por completo el capítulo sobre el estado y se ha agregado un largo capítulo acerca del problema de la transición, considerando que el desarrollo de este tema ayuda a comprender mejor en qué consiste el aporte de Marx en relación con la ciencia de la historia y cómo esta ciencia debe aplicarse creadoramente en el análisis de situaciones concretas.

 

Marta Harnecker, chilena, fue discípula de Louis Althusser en la École Normale de París —y su traductora— y de ella Siglo XXI ha publicado también El Capital: Conceptos Fundamentales; Cuba: ¿Dictadura o democracia?;  La Revolución Social: Lenin y América Latina, y Estudiantes, Cristianos e indígenas en la revolución.   Siglo XXI, Editores

 

 

PRÓLOGO A LA ÚLTIMA EDICIÓN

 Han transcurrido quince años desde la primera edición de este libro y trece desde su segunda y última revisión. Durante este tiempo sus cincuenta ediciones han sufrido un destino muy desigual: texto universitario en algunos países, prohibido oficialmente en otros; estudiado con interés académico por algunos, leído con pasión revolucionaria por otros; criticado como un trabajo maoísta antidialéctico y hasta revisionista por algunos pensadores marxistas, considerado como un esfuerzo serio de pedagogía popular por otros. Trabajo muy controvertido pero, a la vez, para sorpresa nuestra, uno de los libros más difundidos entre la joven generación de la década del setenta y comienzos de la del ochenta en América Latina.

Sabemos que nuestra responsabilidad es grande. Una parte importante de la juventud de nuestro continente se ha iniciado en el marxismo a través de esta obra y no sabemos cuántas más lo harán en el futuro.

El hecho de que el libro se haya mantenido inalterado durante todos estos años no se debe a la ausencia de imperfecciones sino, simplemente, a que razones políticas y personales nos mantuvieron alejados durante diez años de la práctica pedagógica y del estudio sistemático de estos aspectos del marxismo.

Deseábamos celebrar la quincuagésima edición proporcionando a nuestros lectores una edición revisada y corregida. El tiempo corrió más rápido que nuestras intenciones.

Haciendo ahora un balance de su eficacia pedagógica comprobamos que, a pesar de nuestro esfuerzo por orientar al estudiante hacia una visión científica, antidogmática del marxismo —lo que implicaba una lectura crítica y una aplicación creadora de lo aquí aprendido—, no pudimos evitar que, en ciertos casos, se cayera en un estudio memorístico y en una repetición mecánica de su contenido. La responsabilidad de esa forma antimarxista de estudiar el marxismo no debe atribuirse en forma exclusiva al estudiante. En nuestro propio trabajo existían deficiencias que, en parte, lo explican.

En primer lugar, no siempre las definiciones conceptuales se encontraban al final del necesario recorrido explicativo, culminando la exposición pedagógica. En algunos casos en lugar de ser el punto de llegada eran casi el punto de partida.

En segundo lugar, aunque insistimos mucho en el carácter instrumental de los conceptos aquí desarrollados, no advertimos al lector acerca de la necesidad de estudiar las teorías específicas de cada modo de producción, sin cuyo conocimiento es imposible hacer un estudio científico de la realidad de cada país. Más que dar instrumentos para analizar la historia concreta pretendemos proporcionar un instrumental teórico que permita un estudio crítico y creador del propio marxismo. Nuestra intención no es sustituir el estudio de los clásicos sino motivar una lectura esencialmente antidogmática de sus textos teóricos y políticos, para rescatarlos de la fosilización a la que a menudo han sido sometidos.

En tercer lugar, si bien los temas de reflexión que, en las versiones anteriores, acompañaban a cada capítulo señalaban correctamente hacia dónde se encaminaba nuestro afán educativo, los cuestionarios de autocontrol de lectura, en cambio, se prestaban más para medir la capacidad de repetición mecánica de las reflexiones y conceptos desarrollados en el capítulo que para medir su asimilación crítica.

En esta edición nos hemos esforzado por corregir estas deficiencias cambiando en algunos casos el orden de exposición pedagógica; agregando de otros elementos teóricos nuevos para ilustrar mejor el contenido de cada concepto, sin que ello signifique que las referencias a los modos de producción servil, capitalista y comunista, agregadas en esta edición, puedan considerarse exposiciones acabadas de cada uno de estos modos de producción. Por último, hemos elaborado un tipo de cuestionario absolutamente diferente, mucho más acorde esta vez con el objetivo buscado.

Para ayudar a comprender mejor cuáles han sido las modificaciones introducidas y su razón de ser, al final de cada capítulo figura una lista explicativa de ellas.

En esta edición hemos realizado dos modificaciones importantes de contenido: hemos reelaborado por completo el capítulo sobre el estado y hemos agregado un largo capítulo acerca del problema de la transición, no sólo para superar el eslabón más débil de las ediciones anteriores, sino porque consideramos que el desarrollo de este tema ayuda a comprender mejor en qué consiste el aporte de Marx en relación con la ciencia de la historia —absolutamente ajeno al evolucionismo mecanicista— y cómo esta ciencia debe aplicarse creadoramente en el análisis de situaciones concretas.

Para cumplir estos objetivos la nueva edición ha debido ser necesariamente más extensa. Esto explica también nuestra decisión de suprimir algunos textos: la presentación de Louis Althusser,[1] el epílogo acerca del plusvalor y los textos escogidos.

También hemos suprimido los temas referentes a la dirección política revolucionaria que antes figuraban en el capítulo acerca de la lucha de clases, debido a que han sido ampliamente desarrollados en otro libro, complementario a éste: Instrumentos leninistas de dirección política.[2]

Hemos considerado importante introducir, sin embargo, bajo el título: “El marxismo: un antidogma”, fragmentos de entrevistas que nos han sido hechas en relación con nuestra trayectoria marxista, el objetivo pedagógico que perseguimos, nuestra apreciación acerca del papel desempeñado por Louis Althusser en el desarrollo del marxismo y nuestra actitud frente al maoísmo, cuestiones sobre las cuales nos interesa fijar posiciones.

Finalmente queremos agradecer a todos los que colaboraron directa o indirectamente en la gestación de esta nueva edición y esperamos que las modificaciones introducidas sirvan para hacer de ella un mejor instrumento de asimilación crítica y creadora del marxismo.

MARTA HARNECKER

LA HABANA, 2 DE JULIO DE 1984.

No Consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo

perfecto e intangible: estamos convencidos, por el contrario,

que no ha hecho sino colocar la piedra angular de la ciencia

que los socialistas deben desarrollar en todas direcciones,

si es que no quieren quedar rezagados en la vida.

LENIN.


EL MARXISMO: UN ANTIDOGMA[3]

 PF: ¿Cuándo y cómo se produjo tu encuentro con el marxismo?

MH: Mi encuentro teórico con el marxismo se produjo en Francia en 1964. Yo en ese momento era católica militante. Pero no fue un viraje de 180 grados como algunos han pensado. Este venía preparándose desde 1958 cuando, como presidenta de la Acción Católica Universitaria de Santiago buscaba junto con el resto del grupo dirigente de esa organización, y otros compañeros universitarios la forma de comprometer más nuestra acción con las necesidades del pueblo chileno: sentíamos que teníamos que lograr hacer más efectivo el principio cristiano del amor al prójimo, no podía tratarse sólo de una acción individual. En esta búsqueda Maritain fue nuestro gran guía durante un cierto período de tiempo. Su libro Humanismo Cristiano era una especie de Biblia para nosotros. ,

Fue dentro de ese contexto que se dio nuestro primer encuentro práctico con una sociedad que estaba tomando una serie de medidas para lograr la igualdad y la justicia social que nosotros buscábamos. A mediados de 1960 pude conocer de cerca la revolución cubana. Eran los primeros meses llenos de euforia, improvisación y creatividad de una revolución triunfante que todavía no había llegado a definirse como socialista, pero que ya había adoptado una serie de medidas que habían transformado al pueblo en el verdadero protagonista del proceso y en su principal beneficiario.

—PF: ¿Qué impresión te produjo entonces la revolución cubana?

MH: Si para Lenin las épocas de crisis revolucionarias conducen a que la población en forma masiva se integre a la vida política del país y a que una masa hasta entonces amorfa se transforme en una fuerza social que impulse los cambios revolucionarios, para mí la revolución cubana produjo ese efecto individual. Al contacto con este proceso revolucionario durante seis semanas, en que recorrimos la isla de punto a cabo y vibramos junto a su pueblo en sus múltiples esfuerzos por empezar a dejar atrás la desigualdad y la miseria, debo una rápida politización que asombró a mis compañeros de ruta en Chile. Desde entonces las preocupaciones políticas pasaron a un primer plano y la actividad religiosa fue relegada a un segundo plano. Todo esto todavía muy lejos del marxismo, aunque como estudiante de la Universidad Católica tenía menos aprehensiones respecto a esta teoría que los estudiantes cristianos de la Universidad de Chile, que debían luchar en el terreno práctico por la hegemonía estudiantil universitaria contra los grupos marxistas y, en concreto, contra los comunistas. En el medio intelectual en que me movía oía constantemente críticas a la teoría marxista y, por el contrario, la utopía de una vía intermedia, ni capitalista ni socialista, era para nosotros el modelo a construir.

Fue así como por un principio de honradez intelectual fue surgiendo en mí la necesidad de conocer en sus propias fuentes esa teoría que tanto se criticaba en nuestro ambiente. Y ello explica que al ir becada a Europa en el año 63 ya tuviera como meta estudiar este pensamiento en mis horas libres. Y fue un ex cura, amigo de Jacques Chonchol, historiador y militante del Partido Comunista francés, el que me puso en contacto con Louis Althusser un año después de haber llegado a Francia.

Dos textos marxistas había yo leído hasta ese momento: el librito de Politzer sobre el materialismo dialéctico, que lo único que logró fue acentuar mis aprehensiones contra el marxismo por la forma esquemática y simplista conque aborda los principales problemas filosóficos y un texto sobre el subdesarrollo de Bettelheim que en forma muy pedagógica echaba por tierra la expandida tesis del “círculo vicioso de la miseria”, que el sacerdote jesuita Veckemans nos había inculcado en Chile con una brillantez expositiva inigualable.

Luego vino la lectura de los primeros textos de Althusser —que aparecen en español traducidos por mí en el libro: La revolución teórica de Marx, en 1967—, textos que transformarían al autor, pocos meses después de ser editados, en uno de los pensadores marxistas más importantes de nuestro tiempo.

—PF: ¿Por dónde empezaste a estudiar a los clásicos?

MH: Empecé a estudiar directamente El Capital. Tres meses de vacaciones dedicados a un texto apasionante que, después de la lectura de Kant, me parecía un texto asequible fácil de entender y que me revelaba los mecanismos profundos del funcionamiento del sistema en que vivía. Por primera vez —con la metodología obtenida en la lectura de los textos de Althusser y con las revelaciones que descubría en Marx— sentía que empezaba a tener los pies en la tierra. La angustia intelectual en que vivía en esa época se disipó completamente.

Desde entonces y durante tres fructíferos años profundicé en los clásicos marxistas: Marx, Engels, Lenin y Mao Tse Tung. Integrada a un grupo de estudios de compañeros revolucionarios de diferentes países de América Latina llegué, por mi dedicación exclusiva a estos estudios, mi vocación pedagógica y mi contacto frecuente con Althusser, a transformarme en un puente entre este grupo y el filósofo francés. Las interrogantes surgidas de mis estudios y de estos seminarios estaban siempre presentes en nuestras conversaciones como lo estaba también la situación política concreta de Francia y del mundo. Comenzaba entonces la polémica abierta chino-soviética.

Tuve así la extraordinaria y quizá única posibilidad de establecer el más rico diálogo intelectual que jamás pude haber soñado con el pensador marxista que durante esos años había conmovido con sus planteamientos tanto a los intelectuales marxistas como a los no marxistas, las interrogantes planteadas por mis compañeros junto a mis propias interrogantes me obligaban a una búsqueda constante de respuestas. Por último, participé también en varios seminarios que realizaba un grupo de sus discípulos de la Ecole Normale Supérieure tratando de aplicar el marxismo al estudio concreto de Francia y otros países.

Sólo la intensidad de estos estudios, la metodología correcta empleada y el gran apoyo que significó para mí este diálogo, pueden explicar cómo en tan corto tiempo —solo tres años— pude lograr una formación sistemática y profunda, que unida a lo que yo considero mi vocación fundamental: la vocación pedagógica, desembocó en ese texto que hoy recorre las universidades y las cárceles latinoamericanas: Los conceptos elementales del materialismo histórico.

Pero también eso explica mi ignorancia respecto al pensamiento marxista contemporáneo, tanto europeo como latinoamericano. No era posible en tan escaso tiempo abarcar todo y, orientada en esto por Althusser decidí ir directamente a los clásicos y empezar por el libro de los libros: El Capital.

—PF: ¿Cómo aplicas tu experiencia en Chile?

MH: Con este bagaje teórico, la traducción de dos libros de Althusser al español y mi libro sobre el materialismo histórico, llegué a Chile a finales del año 68, dispuesta a dar clases de francés para ganarme la vida y seguir trabajando en la teoría marxista al servicio de la revolución en América Latina y en mi propio país.

Grande fue mi sorpresa al constatar que la reforma universitaria llevada a cabo recientemente en la Universidad de Chile me había abierto las puertas de esa alta casa de estudios, y en mis manos cayó la responsabilidad de elaborar el primer programa sistemático de estudios de marxismo en la Escuela de Sociología de dicha Universidad, y me transformé así en profesora de alguno de esos cursos.

 

[1] Este texto ha sido incluido en el libro Posiciones editado por la Editorial Grijalbo, México, 1977,bajo el título “Marxismo y lucha de Clases”.

[2] México, Siglo XXI Editores (en preparación).

[3] Reproducción parcial de entrevistas concedidas por Marta Harnecker a la revista española Argumentos (A) en marzo de 1978 y a la revista chilena Punto Final Internacional (PF) en 1983. Hemos conservado sólo sus respuestas referentes a su trayectoria en la teoría y la pedagogía marxistas.

 

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