INDICE

1. Falsificaciones cristianas en la Antigüedad

FALSIFICACIONES EN EL PAGANISMO PRECRISTIANO

  El concepto de «propiedad intelectual» tiene miles de años
  Las falsificaciones literarias entre los griegos
  Las falsificaciones literarias entre los romanos
  Motivos para la falsificación
  Error y falsificación en los cultos primitivos

FALSIFICACIONES EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Y EN SU ENTORNO

  Las biblias del mundo y algunas peculiaridades de la Biblia cristiana
  «Semblanzas del mundo femenino bíblico»
  «Sobre este barro, sobre este barro [...]»: Oposición al Antiguo Testamento en la Antigüedad y en la época moderna
  Los cinco libros de Moisés, que Moisés no ha escrito
  Otras falsificaciones en el Antiguo Testamento (y en su entorno)
  La apocalíptica judía
  Otras falsificaciones del judaísmo (diáspora)
  «Cooperación» judeocristiana

FALSIFICACIONES EN EL NUEVO TESTAMENTO
  El error de Jesús
  Precursor de los falsificadores
  Las «Sagradas Escrituras» se amontonan, o reflexión de cuatrocientos años sobre la tercera persona divina
  Cómo acata la investigación al Espíritu Santo
  Los cristianos falsificaron más conscientemente que los judíos y con mucha mayor frecuencia
  ¿Por qué y cómo se falsificó?
  Ni el Evangelio de Mateo, ni el Evangelio de Juan, ni la Revelación de Juan (Apocalipsis) proceden de los apóstoles a quienes la Iglesia los atribuye 
  En el Nuevo Testamento aparecen seis «epístolas de Pablo» falsificadas
  Todas las «epístolas católicas» del Nuevo Testamento, siete en total, son falsificaciones
  Ejemplos de interpolaciones en el Nuevo Testamento

FALSIFICACIONES EN LAS ÉPOCAS DEL NUEVO TESTAMENTOY DE LA IGLESIA ANTIGUA
  Todas las partes falsificaban, en especial los clérigos
  También en los círculos eclesiásticos se utilizaban de vez en cuando Evangelios «apócrifos»
  Falsificaciones  de  los  Evangelios  bajo  el  nombre  de  Jesús
  Evangelios u otros escritos falsificados bajo el nombre de un único apóstol
  Falsificaciones en honor de la Santa Virgen .
  Falsificaciones en nombre de todos los apóstoles
  Hechos de los Apóstoles falsificados
  Cartas fraudulentas y personas fraudulentas
  Falsificaciones bajo el nombre de los Padres de la Iglesia
  Un falsificador cristiano: «Durante siglos el maestro del mundo occidental [...]»
  Falsificaciones para apoyar la historicidad de Jesús »
  Falsificaciones para resaltar la autoridad cristiana frente a judíos y paganos
  La mayoría de las actas de mártires están falsificadas, pero todas ellas se consideraron como documentos históricos totalmente válidos
  Casi todas las listas de obispos para demostrar la tradición apostólica fueron falsificadas
  Cómo intenta justificar la apologética las falsificaciones y; protocristianas
  El fin justifica los medios: La mentira piadosa está permitida en el cristianismo desde el comienzo
 

2. El fraude de los milagros y las reliquias

EL FRAUDE DE LOS MILAGROS
  La mayoría de los milagros de la Biblia son tan increíbles como la mayoría de los demás milagros
  Jesús se sirve de todo tipo de prácticas
  El arsenal de milagros evangélicos: Nada es original
  El fraude de la «demostración de las profecías» cristiana
  Milagros en los «apócrifos», o un atún ahumado que vuelve a la vida
  Los mártires lo eclipsan todo
  La «archimártir»
  Monjes y obispos como taumaturgos
  Visiones como enjambres de abejas
  La leyenda, «el alimento espiritual del pueblo», o «grandes, desvergonzados, repugnantes, graves y solemnes embustes papistas»
  Desde el «miraculum sigillum mendacii» hasta los apologistas  católicos

EL ENGAÑO DE LAS RELIQUIAS
  El culto cristiano a las reliquias se limita a proseguir el culto a los héroes de los griegos
  Gradación jerárquica en el reino de las reliquias: desde las piezas capitales de los cadáveres de los santos a los pelos de la barba y el polvo
  «Demanda» creciente de santos muertos, su descubrimiento y sus milagros
  Desde las insignias imperiales hasta la grasa de oso o «Al principio está la piedad natural [...]»
  «Reliquias de contacto» y esqueletos viajeros
   Los restos de María o «toda la miseria de la humanidad
   Rarezas y protestas
 

3. El embuste de las peregrinaciones
  Peregrinar, una idea fija y a en la época precristiana Asclepio, el dios de las «manos suaves», y Epidauro,     el Lourdes pagano
  Serapis, Isis y la Virgen María
  La peregrinación en el judaísmo precristiano
  El comienzo de la peregrinación cristiana a Jerusalén: Desde el «descubrimiento de la cruz» hasta el sacrosanto culto del prepucio
  La peregrina Eteria: su «modo ingenuo [...] y crédula sencillez [...] tienen algo extrañamente atractivo y seductor» (obispo August Bludau de Ermiand)
  ¡Oh, maravilloso Jerusalén!
  Otras atracciones para los peregrinos de Palestina
  De la tumba de Abraham al estercolero de Job
  Camino a la cumbre: De los «santos topo» a los «estilitas»
  Más cerca, Dios mío, de ti
  La peregrinación en pos de una santa que probablemente nunca existió
  Gracias a las donaciones, los centros de peregrinaje cristianos se fueron enriqueciendo con rapidez
  Peregrinación y milagro: Hacia el marketing de los «lugares milagrosos»  El Lourdes protocristiano
  Los fraudulentos santos «Ciro» y «Juan»
  La pareja de santos médicos Cosme y Damián: Cera de velas,  aceite de lámparas y afrodisiaco . ., . .... .
  Rarezas romanas

 

 

CAPITULO I. FALSIFICACIONES CRISTIANAS EN LA ANTIGÜEDAD

 

“Muchos textos sagrados aparecen hoy bajo nombre falso, no porque fueran redactados bajo éste sino porque más tarde se les atribuyó a sus titulares.” (¡Aunque también se producía lo primero, y no pocas veces!) “Tal ‘falsificación’ de los hechos se da durante toda la Antigüedad, en especial en la fase israelita y judía previa al cristianismo, y se prolonga dentro de la Iglesia cristiana en la Antigüedad y en la Edad Media.” Arnold Meyer[1]

 

EN EL PAGANISMO PRECRISTIANO

 

A muchas personas, quizá la mayoría, les asusta admitir la mentira más burda en el campo para ellos “más sagrado”. Les parece inconcebible que quienes dan testimonio ocular y auricular del Señor puedan no ser más que vulgares falsarios. Pero nunca se ha mentido y engañado con tanta frecuencia y tanta falta de escrúpulos como en el campo de la religión. Y es cabalmente en el cristianismo, el único verdadera y realmente salvífico, donde dar gato por liebre está a la orden del día, donde se crea una jungla casi infinita del engaño desde la Antigüedad y en la Edad Media en particular. Pero se sigue falsificando en el siglo XX, de manera masiva y oficial. Así, J. A. Farrer se pregunta casi desesperado: “Si se reflexiona sobre todo lo que ha surgido de este engaño sistemático, todas las luchas entre papas y soberanos terrenos, la destitución de reyes y emperadores, las excomuniones, las inquisiciones, las indulgencias, absoluciones, persecuciones y cremaciones, etc., y se considera que toda esta triste historia era el resultado inmediato de una serie de falsificaciones, de las que la Donatio Constantini y los Falsos decretos no fueron las primeras, aunque eso sí, las más importantes, se siente uno obligado a preguntar si ha sido más la mentira que la verdad lo que ha influido de manera permanente sobre la historia de la humanidad”[2]

Desde luego que el embuste de más éxito, el que mayores estragos causa entre la mayoría de las almas, no es ciertamente un invento cristiano. Lo mismo que tampoco lo es, aunque guarde una estrecha relación con ello, la seudoepigrafía religiosa (un seudoepígrafe es un texto bajo nombre falso, un texto que no procede de quien, a tenor del título, el contenido o la transmisión, lo ha redactado). Ambos métodos, la falsificación y la seudoepigrafía, no fueron innovaciones cristianas, ni tampoco todo lo demás, salvo la guerra de religión. Falsificación literaria la hubo ya durante mucho tiempo antes entre los griegos y los romanos, la hubo desde la remota Antigüedad hasta el helenismo, continuó durante la época de los emperadores, apareció en la India, entre los sacerdotes egipcios, con los reyes persas y, también, en el judaísmo.[3]

Durante toda la Antigüedad fue habitual una práctica amplia y muy variable de la falsificación. Esto fue posible gracias a la gran credulidad de la época. Pero sería erróneo deducir de esa credulidad frente a la multitud de falsificaciones su “licitud”. Como he podido constatar en no pocas ocasiones, ese gran número de falsificaciones es el resultado de la credulidad de su tiempo. Así, ya desde Herodoto, en el siglo V antes de Cristo, cuando comenzó en Atenas la divulgación de los escritos mediante las librerías (un activo comercio con copias a un precio relativamente bajo), se criticaron las falsificaciones, se elaboraron criterios para determinar la autenticidad y se llegó en los más diversos géneros literarios a ciertos métodos, a veces de extremada precisión, para desenmascararlas, redactándose falsos textos relativamente inofensivos. También el plagio, siempre que existiera la intención de impostura, fue juzgado con severidad por la estética antigua.[4]

Naturalmente, no podemos transferir sin más a la Antigüedad nuestra conciencia crítica (y tan ética). Aunque en esa época no se juzgaba la falsificación como un delito moral de la misma gravedad que tiene hoy, tampoco se la consideró como algo natural ni fue aceptada. Bien es cierto también que el lector antiguo solía ser poco severo y carente de sentido crítico, que era demasiado crédulo, sin escrúpulos psicológicos y sociales, muy proclive a la literatura “esotérica” y por ese motivo fácil de llevar a engaño, de enredar; pero de estos consumidores los hay de sobra a finales de nuestro siglo XX. Con todo, los respectivos criterios filológicos no eran, en el fondo, radicalmente distintos. La Antigüedad conocía un análisis de autenticidad (en modo alguno sólo ocasional) y una sensibilidad alerta que a menudo deja constancia, así como también una honrada indignación ante las falsificaciones descubiertas. La seudoepigrafía ya se consideraba en aquel tiempo “an ancient, though not honorable literary devise” (Rist).[5]

El concepto de “propiedad intelectual” tiene miles de años

 

El fenómeno de la falsificación ― utilizado aquí por lo general en un sentido más o menos criminal, o sea, la que se hace con intención de mentir o engañar, unido a una imputación de culpa ― presupone la idea de la propiedad intelectual, puesto que si ésta no existe no hay una verdadera falsificación.

Dado que la ausencia del concepto de “propiedad intelectual” beneficiaría a muchos cristianos creyentes a la vista de los incontables embustes cristianos, se ha discutido su existencia en la Antigüedad clásica y el período resultante de ella, e incluso lo han negado algunos como, por increíble que parezca, Gustav Mensching. Escribe este autor: “Podría pensarse en anotar en la cuenta de las mentiras religiosas también los numerosos escritos que se conocen en la historia de la religión bajo nombres falsos. Lo mismo que, por ejemplo, bajo el gran nombre del filósofo griego Platón circulan muchos escritos que la ciencia ha considerado más tarde como apócrifos, se sabe que dentro del Nuevo Testamento hay escritos que no proceden del autor bajo cuyo nombre los seguimos encontrando hoy. Muchas epístolas, pongamos por caso, no son de Pablo, como por ejemplo la dirigida a los hebreos, las cartas pastorales a Timoteo y Tito o la Epístola a los Efesios. Sin embargo, esta forma de engaño premeditado no cae dentro de nuestro contexto, puesto que en aquel tiempo no se tenía el concepto de la propiedad literaria ni de la autenticidad de los textos. Existía más bien la tendencia a presentar los propios escritos bajo la gran autoridad de nombres conocidos, ocultando el propio, para conseguir así que las ideas de uno tuvieran más fuerza y difusión. Según los modos de ver actuales, esto sería un engaño literario”.[6]

¡Y no sólo según los actuales!

Si el concepto de “propiedad intelectual” no estaba muy inculcado en el antiguo Oriente o en Egipto, en los siglos vi y VII se conoce ya en Grecia, donde el autor de la Ilíada y la Odisea registró sus epopeyas, como se ha demostrado hoy. Bien es cierto que la Antigüedad no conoce ninguna reglamentación jurídica, ni ninguna codificación de esta figura. El derecho antiguo no protegía la propiedad intelectual como tal, sino el “derecho de propiedad sobre la obra”, es decir, del manuscrito. Pero ya que tras una época de autorías anónimas y de transmisión de trabajos literarios en Grecia, durante los siglos vi y VII no sólo se procedió a dar el nombre de los autores (Hornero, Hesíodo), poetas, líricos e incluso de los pintores de ánforas y los escultores, sino que se critica también la falsificación del nombre del autor, de las fuentes o de una carta, el concepto de la propiedad intelectual, de la individualidad literaria, queda ya asegurado para esos primeros siglos y, más tarde, los cristianos y todo el entorno judío y pagano lo conocen desde un principio. También el libro de papiro, que se difunde por aquel tiempo, posibilita la edición de determinados textos con los nombres de los autores.[7]

También los escritos de los filósofos jónicos en la Atenas del siglo V eran auténticos libros, contándose Sócrates, Platón y más tarde Aristóteles entre sus compradores, mostrando los autores una fuerte conciencia de autoría, una gran confianza en sí mismos, como por ejemplo Hecateo de Mileto al comenzar sus Genealogías. “Así habla Hecateo de Mileto: escribo lo siguiente, tal como a mi parecer se corresponde con la verdad, puesto que las numerosas afirmaciones de los helenos son en mi opinión ridículas”.

El hecho de que ya en el siglo IV se controlaban las obras de los grandes autores, en particular cuando sobre ellas se cernía la amenaza de la tergiversación, nos lo demuestra el famoso “ejemplar estatal”, en el que el estadista y orador Licurgo de Atenas hizo registrar alrededor del año 330 las obras de tres grandes autores de tragedias en una versión que desde esa fecha había de ser obligatoria en todas las representaciones. El escriba oficial leía a los actores el texto de sus papeles y ellos debían corregir en consonancia las copias de que disponían. “Todas estas medidas parecían necesarias, puesto que los ejemplares que se guardaban en los archivos y que los autores habían presentado previamente al solicitar la autorización para participar en los agones, tenían que renovarse. Pero era evidente que como sustitutivos no podían elegirse aquellos textos que la librería ponía a la venta, pues éstos estaban tergiversados con errores de lectura y a menudo también con intervenciones de los directores y los actores. No sabemos si Licurgo consiguió copias sin falsificar de los descendientes de los poetas, pero podemos suponer que hizo todo lo posible para encontrar la mejor solución en esta discutida cuestión” (Erbse).[8]

Desde comienzos del helenismo, los textos de muchos autores son vigilados de manera realmente científica, algo que hace posible sobre todo la fundación de la gran Biblioteca Alejandrina bajo Tolomeo I soler (367-366 a 283-282), amigo de Alejandro Magno y a su vez autor de una historia de este último que goza hoy de gran prestigio. Alrededor del año 280 a. C. la Biblioteca, que no ahorraba dinero en la adquisición de ejemplares valiosos, poseía cerca de medio millón de rollos. La biblioteca de Serapeión, más pequeña, unos 40,000. Actuaron aquí muchos afamados directores. Se procuraba hacer una selección de buenos manuscritos y se intentaba conseguir un texto perfecto en el método, un texto auténtico, en especial de los clásicos.[9]

También de manera individual los exigentes se esforzaban por conseguir una forma pura de su trabajo. Así, en el siglo II d. C., Galeno, cuyas obras se falsificaban y ofrecían bajo otros nombres y se distribuían en producciones apócrifas, redactó dos de sus propios escritos con el fin de hacer reconocibles sus libros y evitar su falsificación, o al menos confusiones. En el siglo III, el gran adversario de los cristianos Porfirio descubre falsificaciones en las literaturas pitagórica, gnóstica y bíblica. En resumen, se conocía bien el fenómeno de la falsificación y tanto griegos como romanos desarrollaron a este respecto una evidente aversión, elaboraron métodos diferenciados y prestaron una atención crítica.[10]

Muchas falsificaciones no pueden ya desvelarse hoy (con seguridad), pero en muchas otras sigue siendo posible. Hay que basarse en motivos y tendencias extraliterarias y, por supuesto, en infinidad de otros motivos, en características externas e internas, otros testimonios y especialmente el estudio crítico del lenguaje, el estilo, la composición, las citas y las fuentes utilizadas. No dejan de tener también importancia los anacronismos y los vaticinio ex eventu (profecías a posteriori). En algunas falsificaciones hay también material auténtico. Y a la inversa. Mezclas de este tipo son frecuentes. Las colecciones epistolares falsificadas pueden contener piezas verdaderas o bien, lo que resulta mucho más frecuente, colecciones auténticas tienen cartas falsificadas total o parcialmente y naturalmente las verdaderas, pero que incluyen interpolaciones. Los falsarios avezados mezclan lo falso y lo auténtico.[11] No es falso todo lo que parece. Desde luego no todo es una falsificación, aunque a.............................

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